Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

lunes, 3 de agosto de 2015

Jeff Kinney y el Diario de Greg. El mundo de los niños, visto por un tirillas


A la hora de escribir novelas cómicas, uno de los recursos más útiles es el contar con un protagonista un poco sobrado. Alguien que se crea único y un genio incomprendido ante un mundo que, en general, suele tener más razón y sentido común que él. Estos, como personajes principales,  también están muy presentes en la literatura juvenil, especialmente en la que narra situaciones cotidianas, al hacerse mucho más evidentes sus características en contraste con un entorno tan específico como es la familia, el colegio, y la vida diaria de un niño. Este tipo de historias también está bastante ligado a un estilo determinado, en primera persona, y a menudo, en forma del diario del protagonista, que acentúa mucho más la subjetividad con la que se narran las situaciones y la forma de describir al resto de personajes.

 


Hasta hace poco, el primer ejemplo que me venía a la cabeza eran los diarios de Adrian Mole, de  Sue Towshend, pero hoy los libros de Jeff Kinney son quizá los más populares. Estos son en realidad los cuadernos de Greg Heffley (que no diarios. Los diarios son para chicas), un chico de doce años que se considera todo un genio incomprendido por las circunstancias: a él le ha correspondido ser el hermano de en medio, entre un primogénito contra quien pierde todas las peleas, y un benjamín a quien sus padres miman de forma que sus otros dos hermanos no habrían imaginado. Su madre no duda en recurrir a técnicas pedagógicas para corregir su comportamiento, sin mucho éxito. Su mejor amigo, Rowley, no es demasiado brillante, pero en más de una ocasión llega a conseguir todo el reconocimiento entre los niños que a Grez le gustaría. Y el colegio es todo lo que podría esperarse para un chico un tanto enclenque y sin ningún interés en los deportes ni las actividades escolares que no puedan proporcionarle fama o algún beneficio.

 


En general, el argumento de los libros es muy corriente, basado en todas las situaciones cotidianas con las que los lectores pueden o pudieron encontrarse: estos son en su mayor parte, muy episódicos, separando cada capítulo o cada historieta por las fechas del diario, y como mucho pueden referirse a lo que sucede durante un curso lectivo, unas vacaciones, o un período más breve de tiempo. No hay un argumento concreto, como mucho, algún detalle que se establece como hilo conductor en el título de cada entrega. El primer tomo es el más general, donde sirve un poco de prueba para el personaje, mientras que  los siguientes lo mismo se refieren a momentos como viajes familiares, o una racha de mala suerte del protagonistas, sirven en realidad como introducción para ir contando el resto de anécdotas.

 


Tanto estas como el planteamiento de los libros son abiertamente cómicas, marcadas por la forma de ser del personaje. Al tratarse de un diario, todos los secundarios se caracterizan a través del protagonista, y es ahí donde el autor demuestra su maña: él puede presentar a alguien tal y como lo ve su protagonista, pero entre líneas es fácil hacerse una idea de cómo es en realidad y no cómo lo ve Greg. También de este, a través de su forma de escribir, es fácil hacerse una idea de cómo es: su carácter de hermano mediano está muy presente, junto a una forma de ser un poco egocéntrica que hace que gran parte de su comportamiento resulte bastante cómico en comparación con los resultados que obtiene. Precisamente este detalle hace pensar, no en un libro, pero sí en una serie, Malcolm in the Middle, cuyo protagonista tenía unas características similares. Pero las comparaciones terminan ahí: estos, a fin de cuentas, están pensados para un público más joven que la serie, y ni los personajes ni las situaciones llegan a los extremos enloquecidos que esta alcanzaba. Esto no quiere decir que los libros de Kinney sean mucho más amables, porque, dentro de esos límites, tampoco se corta a la hora de presentar algunos personajes tan reconocibles como el típico niño raro del colegio, con el que no se corta a la hora de caracterizarlo con un comportamiento un poco asquerosillo, y es perfectamente capaz de desarrollar una situación bastante cargada de humor negro, a partir de un familiar con demencia senil.

 


Dentro de las anécdotas que componen cada libro, las que le han dado éxito a su autor entre lectores de todas las edades son las relativas al colegio: aún refiriéndose a un sistema educativo especifico, la edad del protagonista hace que ese entorno sea perfectamente reconocible. Puede ser una middle school estadounidense, primero de la ESO o sexto de EGB,  pero en los distintos grupos  y la mitología que los niños van creando a lo largo de los años en el colegio  es fácil ver la comicidad de estos y en cierto modo, recordar situaciones muy similares…o incluso más absurdas que las que puede inventarse Jeff Kinney.

Es relativamente fácil construir una historia alrededor de un personaje como este, sobre todo recurriendo al humor y al sarcasmo en algunos casos. Pero los diarios de Greg cuentan con un elemento que los distingue del resto: las ilustraciones. En realidad no son ilustraciones como tal, como añadido al texto. Estas son toda una marca de la casa, compuestas por monigotes muy simples, y además forman parte del propio texto, complementando a menudo partes de la historia o explicando detalles concretos.

 

No podría decirse que sea un cómic, o quizá una novela gráfica, pero sí una donde los elementos gráficos también tienen una gran importancia, aportando bastante dinamismo y frescura a la historia. Y haciendo que su lectura se haga también mucho más rápida para los lectores más mayores que, en algún momento, echen un vistazo a sus páginas recordando, con algo de sarcasmo, todos esos detalles que eran parte de la vida escolar. Algo que también podría verse en las películas, porque la serie ha sido adaptada al cine en tres ocasiones. Aunque, precisamente cuando la gracia del libro se encuentra en su subjectividad y en sus ilustraciones, estas han acabado siendo también una parte de la película.

jueves, 30 de julio de 2015

Lecturas de la semana. Misma antología, distintos libros


El dirigir un libro a un público, especialmente cuando este es de terror, no se refiere, en el mejor de los casos, a la cantidad de animaladas que puedan incluir por página. O, bueno, lo es en la mayoría de los casos, pero es un recurso distinto. En realidad, muchos temas del fantástico tratan temas relacionados con los temores del mundo adulto, aunque los acerquen a lo sobrenatural, y donde prima la atmósfera sobre la ambientación. Esto hace que en algún momento, su lectura sea mucho más densa, desconcertante, o por qué no, aburrida, si el lector esperaba otra cosa.

Fue el caso, hace algunos años, de  una antología de relatos que intenté leer. Colección que además había sido dividida en dos volúmenes por la editorial española, cosa algo incomprensible porque no era un tomo tan gordo como los que se pueden ver hoy. Quizá por algún tipo de política en la edición, al tratarse de relatos y no una novela. O tal vez porque en la fecha en la que se publicó, parecía que los únicos que tenían patente de corso para sobrepasar las 600 páginas eran Stephen King y Anne Rice. En todo caso, la decisión fue muy poco acertada: aunque la portada indica que ambos libros deben leerse de forma complementaria, el prólogo se quedó en el primer tomo, donde mencionaba de forma somera todos los relatos…incluidos los que aparecían en el otro.

 

De este modo, una selección de cuentos llamada Prime Evil se convirtió en Escalofríos y Pesadilla (porque, siendo de terror, no las iban a titular “Azúcar” y “Cosas bonitas”), donde Douglas E. Winter, el compilador, además de explicar los criterios para elegir los cuentos, exponía un poco su visión del género terrorífico. Principalmente, explicando que las buenas novelas eran metáforas de terrores reales, lo que podría representar cada monstruo y lo que opinaba del mercado masivo del género. Leído hoy, queda bastante pretencioso, todo el rato empeñado en las metáforas, lo trascendente y lo mal que está el mundo. Pero es algo que entiendo perfectamente: leí varias novelas de la misma década de este libro, a finales de los ochenta, y lo que ofrecía el género era entre flojo y repetitivo. King podía ser uno de los mejores, pero a gente como Richard Laymon o Shaun Hutson sí  que les debían pagar por cada párrafo truculento.

Este prólogo, además de explicar que los escritores contratados habían tenido toda libertad para aportar el relato que quisieran, parecía prometer más de lo que entonces tuve: ambos libros se quedaron o bien leídos a saltos, o bien con algún cuento que no fui capaz de terminar por puro aburrimiento o no entenderlo. El que entre los autores se encontrara Thomas Ligotti, uno de mis favoritos hoy, confirma que entonces no fue el mejor momento para leerlo, y que esta vez pude apreciar tanto a este como el estilo del resto de colaboradores. Y que, como lo que releí fue la edición española, prefiero separarlos en los dos tomos igual que esta.

 


Escalofríos. Además del prólogo para toda la antología, este tomo incluye a los autores más conocidos de entonces: King, como siempre, en la cabecera, pero también un relato de Clive Barker, e incluso de M. John Harrison, quien habitualmente escribe más ciencia ficción, pero que cuando le da por el terror, es capaz de crear atmósferas muy extrañas y muy de pesadilla. Exceptuando El aviador nocturno de Stephen King, que hoy es uno de sus clásicos, parte de estos cuentos se caracterizan precisamente por recurrir a ambientes, planteamientos…y en el caso de Barker, ya señalan que el cuento aportado no incluía el gore marca del autor. Quizá esta primera parte recurra a los temas más propios del terror, al menos, todo lo que puede aproximarse una antología como esta. Y, siendo técnicamente el primer tomo, no dudan en recurrir al nombre de Stephen King como reclamo. Que, aunque su visión sobre los vampiros que aporta aquí es interesante, el resto de cuentos también aportan la variedad y estilo que intentaban anunciar en el prólogo.

 


Pesadilla. Esta segunda parte incluye los relatos más complejos y que confieso que debió quedarme a medias entonces. Si la primera contaba con los nombres más conocidos, esta cuenta con otros que sonaban, pero quizá no tanto: Peter Straub, Ramsey Campbell, Thomas Ligotti, e incluso un relato aportado por alguien con una carrera más variada como es David Morrell, quien para más señas, es el autor de Primera sangre.

Además de lo variado de los escritores, recurrían a temas como la percepción de la realidad, la guerra, la culpa e incluso las memorias traumáticas, en el caso del relato de Straub, que es uno de los más duros de la colección. Y que, precisamente por lo variado, y por no estar ligado a los clichés de lo sobrenatural de los que tanto se quejaba el recopilador en el prólogo, hacen que sea una lectura muy interesante y que hoy pueda recuperarse, bien como una antología completa o como dos entregas.

 

 

 

lunes, 27 de julio de 2015

Los minions (2015). Secuaces buscan supervillano



Desde la segunda parte de Gru, mi villano favorito, empezaba a verse que quienes llevaban la voz cantante: los minions, sus diminutos sicarios de color amarillo, peto azul e idioma inventado, ocuparon practicamente todo un guión donde se veía que era en sus sketchs donde habían puesto mucha más atención que al resto. Estos, cada uno con sus nombres y la imposibilidad de saber quien es quien, su humor a ratos absurdo, a ratos de dibujo animado, podían tener potencial para protagonizar algún corto o incluso una serie de televisión de aventuras breves. Darles una película para ellos solos parecía algo arriesgado, y más sin probarlos en un formato más duradero como hicieron antes con los Pingüinos de Madagascar…pero tras unos cuantos cortos de animación, decidieron presentarlos como protagonistas en un largometraje.

 


La película de los minions sería una precuela de Gru, donde se prescinde de casi todos los personajes de esta porque, en principio, todavía no han nacido. Esta se dedica exclusivamente a los Minions, quienes sigue sin quedar muy claro lo que son, pero cuya búsqueda a lo largo de la evolución consiste en encontrar un jefe, a ser posible malvado y terrible, al que servir ciegamente (minion, en inglés, significa literalmente compinche o secuaz),  y sin el cual, su especie ya no tendría sentido. Cuando estos corren el riesgo de extinguirse, uno de ellos, Kevin, decide salir en busca de un jefe con el que salvar a su tribu. Junto a sus compañeros Stuart y Bob consiguen encontrar a la jefa perfecta: Scarlet Overkill, la supervillana de más éxito en los años sesenta.



El mayor acierto de la película es contar con un guión muy simple, tanto como sus personajes principales, pero gracias a esto, muy bien llevado. Este cuenta con el hilo conductor a partir del cual se van hilando los gags que protagonizan los minions en distintas situaciones. Además es lo bastante dinámico para que cada uno forme parte de una situación en la historia, sin que parezca que la película va a golpe de chistes separados. Y que los relativos a sus protagonistas van muy bien dosificados y combinados con los de los secundarios: estos se basan principalmente en el universo de Gru, donde ser supervillano es una actividad reconocida, los inventos estrafalarios están a la orden del día y donde actividades criminales como atracar un banco es algo que se puede llevar a cabo en una familia. Precisamente este cruce entre lo cotidiano y lo fantástico es también una fuente de comicidad recurrida en la película: lo mismo un padre consuela a su hija por haber cometido un error en un robo, que estos acuden a una convención de malvados como quien va a una feria de cualquier sector económico…aunque seguramente Fitur no es tan divertida como la VillainCon.

 


El que el guión sea simple no implica que vaya a ser una película floja, o demasiado tontorrona. Bueno, complicada no es, que a fin de cuentas, es una comedia. Pero además de los detalles anteriores incluye también otros que son una buena sorpresa. Para empezar, es una historia sobre buscar un malvado…donde en realidad, no hay malvados. No solo se plantea más como una profesión que como algo ético, sino que la antagonista principal en ningún momento es enteramente mala, sino una persona bastante rencorosa. Quizá esto último, aunque interesante en un principio, es lo que más flojee: se esforzaron bastante en caracterizarla (a su pareja, en cambio, no tanto), pero el último giro se nota que está destinado a poder contar con un verdadero enemigo y con un enfrentamiento final con acción y movimiento, típico del cine de animación reciente, y no tanto a ser un matiz del personaje. Además, durante todo el tiempo juegan con lo de ser una precuela para despistar al espectador: frente al diseño redondeado de los minions, el de casi todos los personajes es más espigado, y sobre todo, recurren en su gran mayoría a dotarlos de unas narices puntiagudas que eran el rasgo característico de Gru, por lo que más de uno acaba preguntándose si, entre el año y el aspecto de estos, no será alguno de ellos el padre del villano en cuestión. Porque este, salir, sí sale, pero el donde y el cuando es un guiño que la película tiene bien guardado.

 


Lo más importante es que han conseguido que los minions funcionen por su cuenta. Otro gran acierto fue limitar el protagonismo a tres de ellos, con rasgos y carácter distintos, donde la forma de ser de cada uno aporta algo en cada momento. Las apariciones en piña de estos, a diferencia de los cortos, se quedan para momentos puntuales, en concreto, en el prólogo y el desenlace, por lo que el mantener el interés de los personajes sin que lleguen a aburrir es mucho más sencillo. Y uno de los detalles más divertidos de estos, además de los gags visuales, es su idioma: este no se limita a un galimatías con alguna palabra en inglés, sino que es un galimatías…de cuatro o cinco idiomas. Si se presta atención, se pueden oír frases muy básicas en inglés, español, italiano, francés, e incluso en alemán.

 


Los minions es una película simple. Y en cierto modo, tampoco inventan nada nuevo: ese aspecto uniforme, la dificultad para distinguirlos, y el humor particular hace pensar un poco en una versión moderna de los Pitufos, pero adaptada a un humor más visual. Pero, dentro de lo simple, han conseguido dos cosas: que como comedia de animación funcione perfectamente, y que unos secundarios tan pensados para gags puntuales funcionen perfectamente en una película propia. Ahora, después del éxito, quizá sería un buen momento para darles un descanso. Porque, como todas las cosas que funcionan bien en el la animación, no deberían explotarse durante demasiado tiempo, o acaban cansando al más pintado.

jueves, 23 de julio de 2015

Lecturas de la semana. De los Mitos de Cthulhu y otros que sin serlo, son muy cercanos.

 


Me gustaban los relatos de H. P. Lovecraft. De hecho, me siguen gustando y  a veces me parece una lástima haber leído ya todo lo escrito por él, por lo que encontrar algo nuevo es imposible. Como buena seguidora de los Mitos, en su día llegué a leer también alguna antología temática sobre los Mitos de Cthulhu. Estas siempre estaban muy ceñidas al mismo esquema de libros perdidos, dioses con tentáculos y gente que se vuelve muy loca, por lo que con el tiempo fui perdiendo el interés por los pastiches y, por suerte, ampliando un poco más las lecturas. Pero de vez en cuando, todo el tiempo que dediqué a todos esos relatos me viene a la memoria, y acabo leyendo alguna antología nueva sobre el tema. A veces por morriña, y a veces por curiosidad por si alguien ha sido capaz de salirse un poco de los clichés típicos de los derivados lovecraftianos.



Una temporada en Carcosa. Edición de Joseph S. Pulver. El Rey de Amarillo creado por Robert W. Chambers no es parte de los mitos, sino una serie de relatos anteriores, que H. P. Lovecraft conocía y que se consideran como precursores del horror cósmico. Posteriormente (especialmente con el juego de La llamada de Cthulhu) fueron incorporándose como parte del universo de H. P. L, y no fue hasta el año pasado cuando volvieron a llamar la atención de forma independiente, aunque solo fuera como referencia, en TrueDetective. Precisamente como antecedente de los mitos es uno de sus integrantes menos explotados, por lo que una antología sobre el Rey de amarillo, como libro maldito, y como personaje en sí, ofrecía bastantes posibilidades.

Ya el propio compilador expone que su intención es alejarse de la ficción lovecraftiana típica, y que las principales influencias que había propuesto para la recopilación eran, más que Lovecraft o Derleth, el propio Chambers, los poetas decadentistas o incluso Thomas Ligotti.

 
Solo con esto, hace que la antología tenga mayor interés que otras del palo: efectivamente, se alejan mucho de los clichés de siempre y hay unas cuantas que realmente consiguen un ambiente realmente inquietante, y en cualquier escenario posible. Relatos como los de la visita a un extraño burdel en el Nueva York de principios de siglo, o un enigmático programa infantil de televisión que nadie recuerda, son el mejor ejemplo de los cuentos que un lector más acabará recordando del libro. Pero como suele pasar en estas recopilaciones, el nivel general no es tan bueno: con esto de querer parecerse tanto al enigmático libro de chambers, muchos autores se pasan de listos y ofrecen algunos textos que, más que extraños, no llegan a contar nada en concreto, o a dar la impresión de ser demasiado desordenados, sin un desenlace propiamente dicho. Y no precisamente como final abierto, sino de esos en que no se sabe si termina ahí, o si la edición digital tenía  fallos y se habían comido párrafos.



W. H. Pugmire. The Strange Dark One. De todos los inventados por Lovecraft, probablemente Nyarlathotep es el más interesante. Es capaz de adoptar cualquier aspecto, incluido el humano, y actuar con cierta astucia y mala baba más comprensible que sus contrapartidas con tentáculos. Además, el propio autor recurrió a este como antagonista visible de Randolph Carter en En busca de la ciudad del Sol Poniente. Por lo que, al igual que en Una temporada en Carcosa, una antología basada en este, parecia bastante más interesante que el relato medio con investigadores evitando por los pelos la destrucción del mundo, o volviéndose locos.

Pero este interés se queda en el punto de partida. De entrada, no se trata de una antología sino de la recopilación de cuentos escritos por el mismo autor. Este, especializado en novelas y relatos de corte lovecraftiano, emplea un escenario de su propia creación: el valle de Sesqua, donde sus habitantes no son del todo humanos y están ligados a algunas criaturas mitológicas. Esto podría haber sido un aporte tan interesante como cualquier otro, pero su forma de escribir, que muchos describen como poemas en prosa, es completamente densa. Quizá intenta evocar el estilo de Lovecraft, con diálogos llenos de palabras rimbombantes y situaciones donde la trama suele implicar a algún artista perdido en el susodicho valle, teniendo un encuentro con el dios y presenciando visiones horribles y llenas de adjetivos. Pero para que un estilo tan denso funcione, hay que ser muy hábil, o se queda en un libro donde avanzar entre tantas conversaciones afectadas apenas despierta ningún interés. Y que en este caso, además de ese estilo que no ha terminado de convencerme, ha tenido dos resultados: uno, que quedan aparcadas las antologías lovecraftianas por una buena temporada. Y dos, que para leer a un autor difícil cuyos textos requieren una atención continuada, pero que a través de ellos sean capaces de evocar un ambiente muy específico, me quedo con Thomas Ligotti.

 

lunes, 20 de julio de 2015

Jurassic World (2015). Por qué no se deben mezclar niños con dinosaurios


Muchas sagas cinematográficas no llegan a tener un cierre propiamente dicho. Cuando una de sus entregas funciona mal, o no consigue el interés que se habían propuesto, acaban por quedarse en el limbo, sin intención de estrenar otra próximamente pero tampoco dándola por terminada (menos la de Spiderman. Ahí se han empeñado en reiniciarla cada dos o tres películas). Fue el caso de Parque Jurásico, de la que se ha tardado 14 años en ver una secuela.

 


Jurassic World es el parque temático que retoma las primeras intenciones de Parque Jurásico: una isla, operada por una empresa, que recibe miles de visitantes diarios y es posible ver dinosaurios vivos. Pero también pasear entre ellos, darles de comer, e incluso encontrar especies diseñadas específicamente para él. Porque, como cualquier otro parque de atracciones, el interés del público es limitado, y cuando los dinosaurios ya no son una novedad es  necesario crear otros más llamativos, más grandes y con más colmillos. Pero esto entraña riesgos, ya que al crear un animal con las características más impresionantes de un depredador, suele adquirir todas sus ventajas. Entre ellas, la inteligencia suficiente como para eludir a los vigilantes del parque, escapar de su jaula y provocar la alarma entre los encargados de la seguridad.



La película podría verse como una secuela directa de Parque Jurásico, prescindiendo de las dos anteriores, y en cierto modo, sabe adaptarse muy bien a los tiempos. Uno de los mejores detalles es el poder ver el parque como tal en funcionamiento, y con lo que ello implica: no solo por las oportunidades que una multitud ofrece en las secuencias de acción y en las más tensas, sino por el reflejo de los cambios en los gustos del público: un elemento clave de la trama es la necesidad de crear nuevas especies porque los dinosaurios ya no son una novedad. Algo que, además de servir como punto de partida de la trama, es un guiño bastante ingenioso si se recuerda la fiebre por los dinosauros que se vivió a mediados de los noventa.

 
 



Si este guiño es efectivo, el afán por aferrarse a las claves que le dieron el éxito a la primera Parque Jurásico, son todo lo contrario. Porque en lugar de mantener las ideas que podrían ofrecer una buena secuela, sin tener que repetir la fórmula inicial, optan por incluir elementos vistos: ¿Qué había niños perdidos entre dinosaurios? Pues volvemos a meter dos ¿Qué la secuencia más memorable era la lucha entre el tiranosaurio y los velocirraptores? Pues ponemos otra de nuevo. Pero en este último caso, los guionistas sí recordaron el detalle que planteaban en la trama: el público pierde el interés pronto. Pero en lugar de ofrecer algo distinto, optan por la misma pelea con no dos, sino con cuatro especies de dinosaurios distintas. Algo que resulta bastante poco original y donde solo faltaba que apareciera Godzilla a pelearse ahí también.

 

El lastre de la película no es tanto esas ganas de ir por lo seguro como la trama familiar que incluyen de forma gratuíta. El guión se queda así con tres, la principal, una sobre el potencial militar de los dinosaurios, que se queda en muy segundo plano…y una completamente innecesaria, donde se introduce a los niños de la película, que los protagonistas deben salvar y que, además de innecesaria, solo sirve para incluir unas cuantas secuencias de persecución y, lo que es peor: un montón de momentos familiares que recuerdan demasiado, pero para mal, al estilo de Spielberg en los ochenta y noventa, cuando no faltaba una mención a la importancia de las familias unidas.



Precisamente por esto parte de las caracterizaciones de los personajes sufren muchísimo. El de Chris Pratt es el que sale mejor parado, gracias a interpretar a Owen Grady, un entrenador, vigilante y héroe muy de aventuras clásicas: es valiente, pero teme y respeta a los animales además de contar con cierto sentido del humor. Su contrapartida, no sale tan bien parada: hasta que no empieza a avanzar la trama, se queda en una yuppie agobiada que no se ocupa de sus sobrinos al estar absorbida por su trabajo, como recuerdan al público en cuanto tienen ocasión. Y los secundarios, oscilan entre lo plano y el no saber que hacer con ellos: desde el malvado empeñado en usar a los dinosaurios como arma, y que hacen todo lo posible para mostrar que es malo, hasta el nuevo propietario del parque, que se queda en un émulo un poco pobre del de Parque Jurásico: a ratos es un empresario ético, a ratos quiere engañar a todo el mundo por el bien de la empresa, y a ratos suelta una parrafada sobre los valores sociales de su corporación.

 


A pesar de todo, Jurassic World es una secuela más que digna. Es cierto que, teniendo en cuenta las dos anteriores, muy flojas (aunque la segunda adaptara el libro de Crichton), no era muy difícil recuperar el pulso y ofrecer algo a la altura. Pero a nivel de entretenimiento y gracias a algunos momentos, funciona perfectamente. Es una lástima que quisieran apegarse demasiado a la fórmula inicial: podría haber sido una película redondísima donde los empleados de un parque de ciencia ficción se enfrentan a las consecuencias de un mal funcionamiento. En su lugar, los elementos positivos tienen que lidiar en su primera media hora con la vida y tonterías de un par de secundarios que han sido puestos ahí para marear a los protagonistas y meter una especie de moralina con calzador, de la que luego se olvidan por completo.

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