Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

lunes, 8 de febrero de 2016

The Nightmare (2015). Vivir (o dormir) con la parálisis del sueño.



A muchos de los que nos gustaba el terror siendo muy niños nos encontrábamos con un problema: la noche era el momento en el que todos los monstruos que tanto nos fascinaban, se convertían en un motivo para esconderse bajo la colcha. Y, de alguna que otra pesadilla, no nos librábamos. Cuando esos miedos nocturnos, muy leves, quedan muy lejos, se convierten en algo que despierta el interés. Y las pesadillas o los terrores nocturnos son también a menudo, una fuente de inspiración.

 


The Nightmare, en este caso, no es una obra de ficción, sino un documental que estudia a través de varias entrevistas, la parálisis del sueño. Un fenómeno que no es demasiado extraño pero sí bastante aterrador para el que lo sufre: la respuesta corporal queda anulada, y quien lo padece percibe a su alrededor sombras y presencias. En realidad la wikipedia lo explicaría de una forma más precisa, pero la idea general es algo así como una pesadilla en 3d: sin moverse, viendo de todo, y sufriendo un ataque de pánico bastante lógico en estos casos. Una situación que no llega a suponer un riesgo pero sí una situación angustiosa para los aquejados. De los que unos cuantos son entrevistados y donde se reproduce, basado en las descripciones que estos aportan, lo que se ve u oye durante ese estado.


 

Lo único que mantendría la película del formato documental es el estar formada por una serie de entrevistas, porque en realidad, el planteamiento no busca el rigor y la información. Exceptuando la mención al concepto de parálisis del sueño, no se entrevista a nadie de la comunidad médica ni se pretende explicar de una forma objetiva el fenómeno. En principio podría parecer arbitrario, pero la intención del guión no es ser un reportaje sino la recopilación de testimonios, como es percibida por los afectados, y sus opiniones acerca del fenómeno. De hecho, este se divide en varios capítulos donde cada uno explica el comienzo de los episodios de parálisis, el momento clave o el más grave, y cómo estas son percibidas con posterioridad. En cierto modo, la película podría resumirse como un grupo de gente contando sus pesadillas mientras se hace una representación figurada de estas.

 


Lo cierto es que la idea como tal, funciona muy bien, ya que en ningún momento pretendieron darle un enfoque científico sino uno puramente subjetivo. Y que es a raíz de este por el que también tiene cierto componente  de ficción, al aportar teorías e hipótesis que en la mayor parte entran directamente en el terreno de lo fantástico. Algo a lo que también contribuye la forma en la que estas pesadillas son rodadas. En realidad la película no cuenta con grandes medios, pero también por eso hace que estas secuencias conserven perfectamente la cualidad absurda, a veces siniestra y en algunos casos, involuntariamente cómica, de los sueños.

 


La calidad de la realización también es más cercana al cine que al documental, especialmente en las secuencias oníricas, al igual que la aproximación al tema, muy ligera, la convierta en una película para quien le interese lo relativo a las pesadillas y los terrores nocturnos, siempre que no espere una producción llena de información y rigor científico. Lo cierto es que como curiosidad, a mí me ha convencido: el punto fuerte de la película es precisamente todo lo relativo a la recreación de pesadillas y las referencias cinematográficas que se inspiran en estas. Pero en cuanto al resto, ni es una película memorable, ni un documental sesudo. Interesa, y capta la atención, lo que, tal y como está planteada, es todo un acierto. Y yo por si acaso pondré esta noche a mis gatas a montar guardia a los pies de la cama…

 

jueves, 4 de febrero de 2016

The Veil (2016). Sectarios, documentales y documentalistas sosos


Cuando una película de terror tiene en su argumento algo sobre grabaciones, documentales y equipos de rodaje, lo primero que se viene a la cabeza es ya el formato en primera persona, los bailes de cámara y los personajes corriendo despavoridos. Por lo que, cuando dicha grabación es parte del argumento y no de la filmación en sí, el tema resulta algo más atractivo. Y lo es más cuando se recurre a sucesos algo menos explotados en el género, pero mucho más cercanos a la realidad como serían las sectas y los suicidios rituales. Suficiente como para generar interés en el público, y el resto, sería cosa de la mañana de los realizadores.

 


Este sería el caso de The Veil, una de las primeras películas de terror que se han estrenado este año y que recoge ambos temas: han pasado 25 años desde el suicidio colectivo de los miembros de una secta. La única superviviente, una niña entonces, es contactada por un grupo de realizadores que pretenden realizar un documental sobre lo sucedido allí. Pero su organizadora no es una observadora imparcial: es la hija del agente que llevó a cabo la redada el día de los hechos, y quien a su vez, acabó con su vida un tiempo después. Para ella, visitar el lugar de los hechos tal vez sea la clave para comprender lo que sucedió. Pero Sarah, quien se salvó siendo una niña, cree que hay algo allí que la estaba esperando.



El argumento, por los motivos anteriores, resulta bastante prometedor. Quizá bastante cercano a The Sacrament, que también trataba un tema similar, pero con la diferencia, en este caso, de optar por la vertiente sobrenatural y terrorífica. Y donde la estética es uno de los puntos más fuertes: especialmente el escenario, un terreno boscoso donde practicamente no falta un solo enclave siniestro. Desde bosques, hasta lagos, pasando por una mansión ruinosa donde se desarrolla gran parte de la trama. Los colores, pese a estar ambientada en California, son muy apagados y adecuados al tono de la historia, siendo capaces de que se mantenga una tonalidad gris incluso a plena luz del día. Incluso emplean de forma bastante hábil la diferencia temporal, al poder desarrollar el resto de la trama gracias a un antiguo proyector y a las cintas que son practicamente un elemento clave para contar la historia.

 


Después de la estética, el mayor punto de interés es el enfoque fantástico. Pese a no constituir un antagonista, la figura del lider de la secta y sus pretensiones resulta bastante enigmática y atrayente, además de recurrir a elementos muy sutiles a la hora de representar lo sobrenatural: algunas de las mejores secuencias son donde estos elementos solo es posible verlos a través de un filtro, sea el agua o una cámara. Algo también muy relacionado con la caracterización de este personaje.

 


En cambio, todo el interés se termina aquí. La historia, pese a lo prometedora, se defiende unicamente gracias al tema de los flashbacks presentados a través de las grabaciones, y de un giro final que pretende ser demasiado tremendista. Porque los personajes y el punto de partida, poco hacen. Pocas veces he visto un grupo tan homogéneo y tan carente de personalidad como en estos casos. Y si bien esto puede ser en parte por tratarse de un numero demasiado amplio de secundarios, que poco pueden hacer, en el caso de los protagonistas, simplemente, están poco definidos. Quizá la que salga mejor parada sea el personaje de la superviviente, quien además de tener algo más de trasfondo, está interpretado por Lily Rabe. Quien, con unos cuantos detalles, consigue dar la impresión de una persona con una gran carga emocional. No sale tan bien parada Jessica Alba, como organizadora del documental, quien, salvo por lo que se sabe de su personaje, no parece en ningún momento tan obsesiva y cabezona como se empeñan en asegurar en los diálogos, sino un tanto sosa y limitada a seguir lo que exige su papel.

Cuando una película depende más de los flashbacks que de su trama principal para mantener el interés, algo no funciona. Por eso The Veil, pese a sus puntos a favor, se queda en una producción un poco fallida, con momentos de suspense muy puntuales sin que termine de funcionar como conjunto, pero a pesar de todo, bastante correcta para disfrutar de una historia puntual cualquier tarde.

lunes, 1 de febrero de 2016

Vampiros y más que vampiros. Cuando el título no engaña



Ahora estarán de moda los zombies por todas partes, pero en la literatura, si hay algo que no falla, son los vampiros. En mayor o menor medida, y en cualquier forma y tamaño, es una de las criaturas que más presentes ha estado en la literatura de terror de los dos últimos siglos. Bueno, y también la que peor lo ha debido de pasar con los cambios de gusto del público ¡No hablemos de Crepúsculo!

En este caso, Vampiros es el título que ha utilizado la editorial Valdemar, que esto de las antologías y los autores poco conocidos siempre lo ha cuidado un montón, para titular su recopilación. Salvo que esta vez añaden la coletilla “…y más que vampiros”, porque en realidad, vampiros como tal, con sus colmillos, capa opcional y sus tendencia a morder pescuezos, apenas aparecen en tres o cuatro cuentos, que también son los más antiguos.

En realidad la idea común del libro no serían los vampiros más comunes, sino todo aquel monstruo que consuma la vida de sus víctimas. O aquellos que aunque no lo quieran, sean mortales para el resto de los seres vivos. De este modo, junto al vampiro de Polidori puede aparecer La hija de Rappaccini, La dama pálida de Dumas y a partir de ahí, El fresno de M. R. James, La araña de Ewers, e incluso aportaciones de autores pulp como Clark Ashton Smith o el propio Lovecraft. En cierto modo, el libro abarca no solo variedad en la idea de vampiros sino en el tiempo, porque los relatos comienzan en el Romanticismo y terminan con otros escritos hace unos cinco o seis años.
 
 

Lo mejor de esta aproximación es que pese a tener como punto común una idea, considerada de una forma muy amplia, esta permite una gran variedad, sin quedarse solamente en la idea de vampiro más típica. Variedad que además se va percibiendo de forma gradual, al haber organizado todos los cuentos por orden cronológico. Cada autor tiene su propio estilo e intereses, pero a partir de todos ellos puede irse viendo las diferencias en temas, tipo de narración y en lo que, en conjunto, se considera como género terrorífico en cada momento.

En principio, estos no son ninguna novedad: todos han sido editados previamente en libros de la editorial y seleccionados para esta, pero eso no quiere decir que sea la recopilación típica: salvo casos como los de Polidori o Lovecraft, el resto de cuentos era en mi caso, desconocidos, y salvo que se llegaran a tener todas las antologías anteriores de los que provienen, en ningún momento  llega a ser una lectura típica, o poco innovadora. Aunque quizá en los primeros sí que produce la sensación de haber ido a lo seguro, porque no debe haber ninguna antología sobre vampiros donde no aparezca Lord Ruthven.

Pese a lo amplio del contenido, como recopilación es un acierto pleno: salvo el aburrimiento que pudiera producir el ver el cuento más conocido, todas las historias mantienen en vilo. En ninguna de ellas el lector va a esperarse un vampiro tal cual, sino que cualquier otro es posible.  E incluso algunas de las clásicas, como La dama pálida de Dumas, sorprenden por elementos a los que hoy recurren muchas novelas de romance paranormal. Quizá en las más recientes el nivel parece bajar un poco y produce un poco la impresión de que poco queda ya que inventar, pero incluso estas últimas entretienen. De todas, la más floja podría ser la escrita por Graham Masterson, pero cuando en un libro de 600 páginas lo peor son solo diez, es todo un éxito para el recopilador.

Como antología, Vampiros y más que vampiros ha sido todo un acierto tanto en presentación como en contenido. Si bien recoge todo autores que tenían en catálogo, cada uno de ellos viene separado con una pequeña ilustración donde se hace alusión al contenido de la historia. En cuanto al contenido, hay relatos buenos, clásicos, conocidos y desconocidos. Y que en el fondo, incluso sirve como excusa para poder releer a H. P. Lovecraft o a William Hope Hogdson.

jueves, 28 de enero de 2016

Adiós, tele, adiós (Barrilete se moderniza)


 
Hoy no parece un electrodoméstico tan necesario como hace una década, pero puedo asegurar, que quedarse sin tele, se nota. Y es que hace una semana, mi televisión decidió que, al igual que Roy Batty, todos los programas que habíamos visto se perderían como lágrimas en la lluvia, y que era hora de morir. Por suerte, me dio el tiempo justo para poder ver el especial de año nuevo de  Sherlock.
 
 

Tras el susto inicial de ver como, después de ponerse la imagen en rojo e infartar definitivamente, venía el desconcierto ¿Por qué decidía fallar tras diecisiete años de fiel servicio? Bastante poco, comparado con los 25 que llegó a aguantar, cual campeona, la Phillips de mis abuelos. La respuesta general fue, al parecer, que entonces los electrodomésticos duraban décadas por el mismo motivo por el que un 600 aguantaba 40 años. Explicación que, salvo hacerme pensar que ya no fabrican cosas como las de antes, no me servía de mucho para lo que necesitaba: Televisiones. Qué hacer ahora y cómo conseguir un repuesto. Porque junto a los 600, los tubos de imagen son una cosa del pasado…

 


Una televisión prestada me sirvió para, al menos temporalmente, poder seguir viendo las cadenas habituales. Aunque ninguna de mis gatas parecía contenta con el arreglo. Desde que llegó a casa, Sabela había decidido que su sitio, como los tapetes y las flamencas, era encima de la tele. Y que algo raro pasaba con su mueble favorito, aunque todavía no tenía muy claro el qué: ¿Había encogido, o ella se había vuelto gigante? ¿He mencionado alguna vez que Sabela no es la más brillante de las dos mininas?

 


Al menos esta me dio el tiempo necesario para traer una nueva, y de paso, cambiar de sistema. Porque hay que reconocer que la diferencia en la calidad comparada con la anterior es evidente, aunque solo fuera por el desgaste que esta podía tener. En realidad, las únicas que no siguen nada contentas con el cambio siguen siendo Sabela y Narnia, a las que no les convence nada ese aparato al que no pueden subir para echar la siesta. Es más, sospecho que seré yo la que salga perdiendo. Si entonces no era raro que viera las películas con una pata o una cola colgando delante de la pantalla, ahora me encontrado con una felina plantada en el medio y medio como si fuera la protagonista. Que en general lo son. Aunque algunas veces preferiría que se limitaran a hacer un cameo…

lunes, 25 de enero de 2016

Sinister 2 (2015). De siniestro, solo el nombre y de secuela, solo el número



Si hay algo de lo que no puedo quejarme sobre mi género preferido es la cantidad de buenas películas de terror que he podido ver en los últimos años. Y que esta abundancia no se componga exclusivamente de secuelas de una franquicia (bueno, Saw y Paranormal Activity son los Viernes 13 del siglo XXI, pero estas me las he saltado). En el resto de casos, o bien se trataba de historias cerradas o sin interés para continuarlas, o bien estas sí daban pie a una segunda entrega que realmente aportaba algo, sin quedarse en un sacacuartos. Con la impresión de que ahora la norma era el carácter un poco más cuidado de estas segundas partes, creí que con Sinister podrían inventarse un buen motivo con el que continuar un guión que, en la primera película, había quedado más que cerrado. Pero en realidad sirvió para demostrar otra cosa: que hoy sigue siendo posible hacer las cosas mal. Y si hace falta, se recurre a los fallos del cine de hace años para que el resultado sea todavía peor.

 


Sinister no había sido una gran película. Quería ser una de casas encantadas en las que se combinaban trucos muy tópicos, como los sustos predecibles o el comportamiento absurdo de los personajes, con ideas tan peregrinas que la hacían memorable, como el elemento central de la historia que era…un demonio cuya maldición se transmitía a través de la imagen en cintas de super 8 (el demonio, por supuesto, babilonio. Porque Mesopotamia lleva exportando clichés para guionistas desde los comienzos del cine). Un planteamiento muy raro, unos recursos tópicos para crear atmósfera pero que, como guión independiente, funcionaba como funcionan en algunos caso los relatos de terror: se salía de la norma y para que algo resulte inquietante, no puede buscársele el sentido. En la segunda parte, la maldición de Baguul, esta criatura, continúa, ya que no está sujeta a ningún lugar específico. Un policía, testigo de los hechos anteriores, se dedica a localizar todas aquellas casas donde se ha manifestado para quemarlas y acabar con su rastro. Pero en una de ellas es el hogar temporal de una mujer y sus dos hijos. Esta, intentando escapar de su marido, no es consciente del comportamiento extraño de estos, quienes desde su llegada a la casa, han encontrado a un grupo de niños y una colección de cintas antiguas en el sótano.



Si la primera parte intentaba aportar todo lo posible para que el público suspendiera su credibilidad y se metiera en aquel planteamiento tan extraño, esta entrega se carga cualquier logro que hubieran conseguido. Las escenas de los niños fantasmales sentados entorno a un proyector funcionaban entonces, pero ahora son estropeadas al querer enfocar esta trama desde el punto de vista de estos niños. Que hablan, que recuerdan demasiado a otras películas anteriores sobre niños siniestros, especialmente a Los chicos del maíz y que por exceso de exposición, hace que todo lo macabro y extraño que pudiera tener su aparición pierda esta característica y haga mucho más patente su absurdo. La atmósfera terrorífica intentan mantenerla a base de una banda sonora machacona, de apariciones fortuitas del monstruo principal y con otros trucos similares, que fueron casi la norma en el cine de terror de principios del 2000.

 


El guión adolece también de un montaje muy torpe: por un lado, todas las apariciones de los niños y de las cintas que intentan recordarle al público que están viendo una película de terror, y por otra, la trama de los personajes, sobre una mujer luchando por la custodia de sus hijos, un marido maltratador y malvado sacado en la última media hora, para poder justificar un asesinato, y un protagonista, por decirlo de algún modo, que no genera ninguna simpatína. Ni antipatía, ni interés, ni características propias, salvo una especie de estado de tembleque contínuo por aquello de que parezca un personaje y no un monigote. El efecto final es el de una película rompecabezas: una historia de fantasmas que va por un lado, y otra, propia de un telefilme de sábado por la tarde, que va paralela y en un momento determinado, coinciden en la parte final. Un final también propio de un telefilme, con una especie de susto a modo de cierre que no termina de quedar claro ¿es un final abierto? ¿Es un giro? ¿O es un screamer como en los videos de youtube?

 


Sinister 2 consigue una cosa: cargarse ella sola un amago de franquicia. Sin mucho sentido, ni personajes, ni en el fondo, necesidad de secuela, en cierto modo, hay que agradecerle que se llegara a producir: así queda comprobado que las cintas terroríficas y las maldiciones sirven para una sola película, y que estirar la historia es un error.

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