Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 29 de enero de 2015

Rec 4: Apocalipsis. Infectados en alta mar



Costaba imaginar que una película producida en España llegara a contar con tantas secuelas y derivados como una producción estadounidense. Pero este ha sido el caso de Rec, una película de Jaume Balagueró, que  a día de hoy lleva cuatro entregas. Seis, si contamos el remake estadounidense fotocopiado y una secuela que pasa de todo y solo conserva el nombre. Apocalipsis es el título de la más reciente y, si no hay cambios, del cierre de la saga.



 Esta recupera en un principio el escenario original: un edificio en cuarentena, tras la aparición de un extraño virus que provoca agresividad en sus víctimas..y ganas de salir corriendo en los que tienen la mala suerte de encontrarse con un infectado. Parece haber pasado solo unas horas desde que Ángela Vidal, una presentadora de televisión, quedara encerrada allí y descubriera los orígenes de la epidemia. Esta ha sido la única superviviente, encontrada ahora por el grupo de GEOS que había sido enviado a volar el edificio. Pocas horas después, ella y los miembros restantes del equipo despiertan en un buque. Nadie sabe gran cosa, excepto que este está controlado por un equipo médico y su objetivo parece ser encontrar una vacuna gracias a los dos supervivientes de los últimos brotes. Pese a las medidas de seguridad, la infección se extiende por el barco. Ahora, los médicos cuentan con mucho menos tiempo para encontrar una cura, y, por algún motivo, parecen convencidos de que Ángela tiene la clave para lograrla.


Rec 4 es mucho más cercana a su entrega anterior que a la película que sirvió de inicio para la franquicia, especialmente en dos aspectos. El primero, es el abandono de la filmación en primera persona, algo a lo que dieron carpetazo, de una forma muy gradual, pero efectiva, en Génesis. Lo segundo, es conservar cierta cantidad de humor que, aunque no tanto como la anterior, está presente a lo largo del guión. Aunque la idea original era regresar al cine de terror auténtico, y no al humor negro, en este se conservan muchas situaciones que es imposible tomarse en serio: la forma de contagiarse se produce a través de la comida, de una forma que, o bien se la toma uno a broma, o resulta desconcertante. Y algunos de los personajes no son demasiado serios: cuando uno de los supervivientes es una ancianita con demencia senil, es imposible que no la hagan decir alguna cosa absurda en el medio de las peores situaciones. Y, en el caso del informático, se trata de un alivio cómico en toda regla. No es que este funcione muy bien en un principio, porque entre sus frases de pie de banco y que en la primera mitad parezca un secundario un poco nulo, recuerda demasiado al tipo de cine de terror más estereotipado, donde siempre se sabía quien iba a morirse y en qué orden.



De hecho, también es esta la película de terror más al uso de las cuatro. La primera fue una novedad, de la segunda nos hacemos lossuecos, la tercera fue de coña…y esta es la que más recuerda a las series B de siempre. Porque el escenario cerrado, en concreto, su barco en alta mar, sus personajes y extras que van siendo asesinados hasta reducir el grupo al mínimo, e incluso esa tormenta, de la que se pasan media película hablando y que al final, de poco sirve, contiene todas las características de ese tipo de cine: si está bien contado, va a funcionar y ser entretenido, pero también va a estar muy lejos de la originalidad de la primera y la tercera. Con esta intención de hacer un producto más típico, los defectos se notan bastante: detalles que se añaden para después quedar olvidados, escenas de humor que no terminan de funcionar y personajes algo más tópicos, hacen que el nivel de diversión se siga manteniendo, pero que sea más una película de las de manta y sofá, no algo que se salga de la norma.

Para defender un escenario más tópico, cuentan con un reparto de actores bastante correcto (como todavía conservo muchos prejuicios contra determinadas producciones españolas, casi todo lo que hacen en los últimos años me sorprende para bien). Hay unas cuantas caras de reparto conocidas, vistas en televisión y algunas en teatro, como Hector Colomé e  incluso Críspulo Cabezas, de quien recuerdo que había sido una revelación en Barrio, allá por 1998. Y Manuela Velasco, quien en principio es protagonista de la saga y quien sigue defendiendo muy bien su papel.




Respecto al planteamiento de toda la serie, además de resolverlo y servir de desenlace, Apocalipsis también termina de sentar las bases de esta. O más bien, aprovecha para borrar del mapa toda referencia a la segunda película, conservando tan solo los elementos necesarios para el argumento e incluso, mostrando a modo de flashbacks, algunos de los que fueron decisivos para el argumento de esta. Es más, si se hubieran tomado cinco minutos más para incluir de nuevo la secuencia final de Rec 2, la saga se podría entender perfectamente sin que sea necesario pasar por el mareo de cámaras y el guión de juzgado de guardia de esta. Entre esto, y el resultar una película muy entretenida, acaba por convertirse en un buen cierre para la franquicia…que, como debe ser, cuenta con un posible final abierto. De esos de los de “solo por si acaso”. 

lunes, 26 de enero de 2015

Emmanuel Carrère y Una semana en la nieve. Las excursiones educativas nunca han sido tan inquietantes.



A muchos la idea pasar una semana en la nieve con el colegio, en pleno curso lectivo, nos parece un poco extraña ...o, en mi caso, poco atractiva: ¡pocas ganas habría tenido yo de tener que verle el careto a mis compañeros en pleno monte! Pero este no es el caso de Francia. Según me explica la Wikipedia, alumnos y profesores acuden, una o dos semanas a la montaña donde las clases habituales se alternan con actividades lúdicas, como senderismo o cursos de esquí.  Esta costumbre se encuentra presente en varios libros infantiles o didácticos y algunos comics. Pero es Emmanuel Carrère el que utiliza el concepto para una novela adulta.

 


La clase de nieve empieza con el viaje de Nicolás y su padre al chalet donde tendrá lugar la semana blanca de su clase. Pese a contar con el autobús con el que el resto de niños se había desplazado, el padre, bastante aprensivo, desconfía del estado de las carreteras. La llegada será igual de accidentada, cuando este olvida entregar la maleta de Nicolás quedándose este ante sus compañeros sin una sola prenda de nieve. Esta situación no ayuda a un niño introspectivo y enfermizo, con una  imaginación hiperactiva, a quien su padre ha inculcado todo tipo de miedos sobre secuestradores y asesinos. Pese a su acercamiento a Hodkann, el chico más respetado de la clase, y a Patrick, el monitor, estos terrores servirán para fabular todo tipo de pesadillas, ensoñaciones diurnas e incluso historias, durante la estancia. Historias que acabarán entrelazándose con una realidad donde estos miedos tendrán un lugar importante.

La novela está contada desde el punto de vista de su protagonista, un niño que pese a compartir nombre con el personaje de Goscinni, viene a ser todo lo contrario. Este representa la parte más aterradora de la infancia, la de las dificultades para integrarse, los miedos irracionales y el mundo como un lugar extraño e incomprensible. Detalles como la lectura a escondidas de un libro llamado “historias espantosas” (donde aparecen, por referencias, La pata de mono de Jacobs e incluso Vinum Sabbati de Arthur Machen) describen muy bien esa realidad infantil donde algunas de las cosas más nimias pueden convertirse en algo aterrador durante meses…vamos, lo que hoy le llaman nightmare fuel y antes se le decía “no poder dormir con el miedo”. Esta realidad se completa con las historias que el padre de Nicolás añade: las advertencias sobre accidentes de tráfico, secuestradores y contrabandos de órganos, que en los noventa eran parte advertencia, parte leyenda urbana para fomentar la cautela en los niños, se convierten aquí en parte de las imaginaciones e invenciones de su protagonista. Además de acabar tomando un papel muy importante en la trama.

 


Esta forma de narrar hace que el resto de personajes se caractericen de una forma un poco sesgada. El personaje de Hodkann es una excepción, al caracterizarlo de una forma tan contradictoria como solo puede serlo un matón al que todos admiran pero temen. En realidad, para el resto, es muy adecuado ese planteamiento, porque contribuye mucho a esa impresión de visión infantil y confusa que se aporta con el protagonista.  Pero esta también va transformándose, y lo que antes parecía algo contado desde la perspectiva de un niño, se vuelve, de una forma muy sutil, en algo más real. Durante los primeros capítulos se va sabiendo de la familia del protagonista, formada por un padre viajante, su madre, y un hermano pequeño. Los primeros no pasarían de ser una pareja preocupada por la seguridad de su hijo si no fuera por la aparición de los otros secundarios: los monitores o la maestra resultan por comparación personajes mucho más normales y positivos, frente a unos padres que van volviéndose cada vez más neuróticos y extraños.

Sutileza a la hora de interpretar la visión del protagonista se mantiene también en el resto de elementos. En todo el libro las cosas no se cuentan, sino que se intuyen, mediante lo que este puede ver o escuchar en algún momento. Si la intención era que el lector interpretara lo que ha sucedido a través de lo que un niño presencia, pero no comprende, Carrere lo ha logrado. Al igual que el transmitir en todo momento una sensación de claustrofobia y soledad en un lugar tan opuesto como un paisaje nevado lleno de niños.  

Su brevedad, para tratarse de una novela de adultos, es tan sorprendente como el resultado que ha obtenido: con 150 páginas ha conseguido narrar una historia que, sin llegar a exponer nada abiertamente, sí ofrece un escenario lleno de claustrofobia. Además de un retrato muy poco entrañable, pero sí muy inquietante, de la infancia.  Del que, por cierto, también hay película:
 

jueves, 22 de enero de 2015

Peter Pan (2003). Más oscura, más aventuras..y más superproducción


Muchos libros infantiles, y a menudo, los escritos en las Islas Británicas, suelen resultar un poco más macabros de lo que uno esperaría a primera vista. A menudo esto se pierde con las adapciones al cine, donde optan por una versión más blanca y sin  muchos de los matices que sorprenden cuando se vuelve al material original. Uno de los ejemplos más típicos es el de Peter Pan, de quien muchos nos quedamos unicamente con la versión de Disney como canon. En cambio, a principios del 2000, una versión nueva para los cines optaba por presentar una versión mucho más fiel al libro, pero también modernizando ciertos aspectos.

 


Esta, en un principio, opta por la misma ambientación, época y trama: los hijos de la familia Darling, Wendy, Michael y John, son tres niños llenos de imaginación y a los que les encanta escuchar las historias de piratas que su hermana les cuenta cada noche. Pero justo cuando ella empieza a darse cuenta, según sus padres, de que empieza a hacerse mayor, un niño irrumpe en su  habitación. Este se presenta como Peter Pan, les habla de una isla llamada Nunca Jamás, donde se encuentran todo lo que los niños quieren: indios, piratas, animales exóticos y todo tipo de aventuras en un mundo sin padres, donde los Niños perdidos, sus habitantes, nunca crecen. Poco más hay que decir en este caso, porque el resto de personajes, como la princesa india Tigre Lily,  el archienemigo de Peter, el capitán Garfio, e incluso el cocodrilo que se ha propuesto comérselo, son también parte de esta isla y conocidos de todos los lectores y espectadores.



En un principio, esta versión es bastante fiel, o lo es mucho, al original: casi todos los sucesos de la novela aparecen recogidos aquí, sin grandes variaciones. Incluso detalles que podrían resultar un poco chocantes para esta, pero que teniendo en cuenta el libro son casi obligatorios: sería imposible pensar en la familia Darling sin que apareciera Nana, el perro niñera, que aquí también está presente. Para solucionarlo han optado por plantear un siglo pasado también muy irreal, incluso cercano a como el que se vio en Mary Poppins, sin que este aspecto tenga que tomarse en serio o buscarse un referente realista. Esta ha sido una opción bastante hábil, y muy bien jugada gracias a los colores cálidos y llamativos que procuran utilizar en todo momento. Aunque por desgracia, en esto último se les ha ido un poco la mano a la hora de recrear Nunca Jamás: el exceso de brillos y colorines ahí hace que se note demasiado la intención visual, o más bien, algunos de los defectos de los efectos digitales posteriores al 2000.


 

Una de las mayores variaciones que han incluido es la trama central de Wendy. Su papel original era el de ser la madre de todos los personajes, algo comprensible teniendo en cuenta la época del libro y la intención de reflejar los juegos infantiles típicos de las niñas. Este personaje es bastante distinto, ya que se lo presenta como una niña aficionada a las historias de aventuras y con mucha imaginación, más una compañera de los niños que la “madre” que se planteaba originalmente. La idea es interesante y en la mayor parte del tiempo está bien llevada, aunque en más de una vez se hace demasiado evidente que no sabían muy bien qué hacer: se hacen un par de referencias al papel de madre del personaje, pero el resto del tiempo se hace referencia a su papel como contadora de historias, manteniéndose esta idea durante el resto de la película. No funciona muy bien porque determinadas escenas, como su llegada, el cuidar de los niños, o las referencias a tomar medicina, no tienen mucho sentido cuando su personaje principal es mucho más aventurero y fascinado por los piratas que el de una niña que quiera jugar a las casitas. Aunque debo reconocer que este cambio me gustó, o más me hubiera gustado si lo hubieran planteado de una forma más coherente con el estilo que querían mantener.

 


En realidad lo peor de esta es su intención de superproducción, o más concretamente, de querer atraer público. Porque la relación entre Peter Pan y Wendy es la de un romance preadolescente con un continuo tira y afloja hasta su desenlace pasteloso. De nuevo, quieren mantener en un principio el parecido con el material original, y Peter se presenta con todos los defectos de este. Es mentiroso, tiene menos memoria que un pez, es egoísta, y obviamente, inmaduro. Pero de golpe y porrazo acaba siendo el principito azul de Wendy, convirtiéndose en un personaje completamente opuesto al inicial, y sin mucha motivación para este cambio. Es como si quisieran que todas las niñas que empiezan la edad del pavo tuvieran su correspondiente final romántico. Además, el registro de los actores tampoco es muy efectivo: en más de una ocasión da la impresión de que no saben muy bien qué cara poner, y que, exceptuando a algunos secundarios, están puestos ahí porque son  unos críos muy monos. Bastante mejor se defiende el Capitán Garfio, claro que este siempre ha sido un papel bastante goloso, con el que también han respetado una de las tradiciones de la representación teatral: tanto el señor Darling como James Garfio son el mismo actor.

 

Este Peter Pan cuenta con bastantes defectos derivados de querer hacer una película demasiado superproducción y con menos contenido del que debería, además de una de las manías propias del cine en los últimos años: intentar que todo sea más oscuro y con más acción, cosa que en este caso, funciona a ratos y a otros, no tanto. Pero curiosamente, se queda en una adapción bastante buena y de las más fieles que se han hecho. Sobre todo, después de haber visto el trailer de la próxima versión con Hugh Jackman.

 

lunes, 19 de enero de 2015

Phantasma (1979). El Hombre Alto, y el cementerio poco serio.


Es muy raro que acabe escribiendo sobre mis películas favoritas. Desde que las veo, tiene que pasar bastante tiempo para que las considere así, y casi todas las entradas que subo se refieren a lo que he ido visto o leyendo durante el mes. Pero desde que en los últimos años decido ver por segunda (o tercera) vez alguna de estas, es una buena ocasión para darles el reconocimiento que se merecen, como pasó con La sombra del Vampiro, Cabaret, Legend, y esta vez, a un clásico del terror no tan conocido como otros.

 


Phantasma es una película de finales de los setenta, que todavía conserva parte del estilo de aquella época,  muy pocos medios y lo que ello implica. Don Coscarelli, su director, decidió escribir una historia un poco extraña, donde mezclaba todos los elementos posibles: los arquetipos de la serie B, la ciencia ficción, el terror pulp clásico e incluso el surrealismo y lo inquietante propio de los sueños. Es así como tuvo lugar la historia de Mike, un chico huérfano, que desde el entierro de un amigo de la familia, empieza a investigar en la funeraria local tras presenciar algunas situaciones extrañas. Unas siluetas diminutas y unas esferas cromadas se deslizan a toda velocidad entre los pasillos del tanatorio. El guardián de este parece ser el responsable de lo que está pasando, y ha decidido acabar con Mike. Su hermano y su amigo Reggie creen que son todo imaginaciones suyas, pero tras verlo por si mismos, deciden ponerle fin a lo que pueda haber planeado el hombre del cementerio.

 

 

Si en su momento me gustó por su ambientación extraña y muy básica, donde todo parece suceder por estar decidido de antemano, ahora me dí cuenta que también es una película que ha envejecido bastante bien. Bueno, y que alguna que otra remasterización para la edición en dvd también ha ayudado. Sus personajes son todo lo lógicos que podría ser necesario para la historia, y al menos los principales, están muy bien caracterizados: los dos hermanos sin padres, al que al mayor le viene algo grande lo de cuidar del otro, y el benjamín tiene todas las características de alguien muy nervioso o con demasiada imaginación. Además, el personaje de Reggie, con detalles tan anodinos como el tener una heladería o ser aficionado a la música, se convierte en uno de los más queridos, tanto en la propia película como para los seguidores de las secuelas.

 


También se encuentran hoy muchas referencias en los elementos terroríficos: el más reconocible son los cementerios, los ladrones de tumbas o los resucitados, y muchos de estos parecen una versión, muy libre, de El signo amarillo de Robert W. Chambers. Pero también le debe mucho a la ciencia ficción, pero con más ficción que ciencia y sin complejos, incluyendo como parte esencial toda una trama de alienígenas o de dimensiones paralelas y una explicación imposible a lo que sucede en los escenarios. Y lo  más importante, el planteamiento final de toda la historia como una gran pesadilla, cosa que, aunque también se recurrió a ella en películas anteriores como Los invasores de Marte, aquí es la parte más conseguida: la falta de presupuesto hace que esos exteriores vacíos de figurantes resulten fantasmagóricos, y a lo pulp de la historia se le añade un elemento extraño, sin explicación aparente, que consigue uno de los mejores momentos de la película: las esferas cromadas, salidas de no se sabe donde, persiguiendo a los protagonistas. Estas parecen no tener ningún sentido, ni tampoco el que los protagonistas decidan comportarse de forma heroica e ir por ahí a un cementerio en plena noche. Ni siquiera el que el tanatorio donde transcurren parte de las secuencias parezca absurdamente interminable…pero es eso precisamente lo que le aporta el componente más original e inquietante.

 

¡Todos juntos! "Booooy..!"

Aunque, para inquietante, el que se encarga de darle vida al componente amenazador de la historia es el personaje conocido unicamente como El hombre Alto. Sin apenas diálogo, más que el famoso “Boooy..!” que pronuncia en más de una ocasión, sin más planes aparentes que perseguir a los protagonistas, la interpretación de Angus Scrimm, su 1.93 de estatura y con su traje de empleado de funeraria, se convirtió en uno de los iconos del terror de los ochenta, como pudieron serlo Freddy o Jason. O más bien, algo menos conocido y más sutil, como los cenobitas de Hellraiser.

 

 
Con todos ustedes...¡La moscarda del terror!

Según sus cualidades se notan por derecho propio, también resulta una película muy irregular. Precisamente estas ventajas hacen resaltar muchísimo más las limitaciones con las que cuentan. Porque, si los personajes principales funcionan perfectamente a nivel de caracterización e interpretación, muchos de los secundarios no hay por donde cogerlos: la mayoría parecen ser amigas o familiares del reparto, puestas ahí para cubrir un par de minutos y recitar maquinalmente unas líneas mirando a cámara. No es que Michael Baldwin tenga una interpretación de Oscar, pero los otros son tan amateur que resulta muy chocante. Los efectos, en la mayoría de los casos, son muy solventes, consiguiendo situaciones muy logradas como el de las esferas flotando o moviéndose a toda velocidad…pero también hay otros, como un insecto presuntamente horrible que aparece de la nada, que acaba produciendo risa. No por notarse que sea un muñeco, ni por mal hecho…es que la moscarda en cuestión parece un peluche. Y uno bastante feo. Y el que los personajes dediquen el resto de la secuencia a correr moviendo una chaqueta termina de estropear bastante la situación.

 


Como gran parte del cine de terror a partir de la siguiente década, Phantasma dio lugar a varias secuelas, un desastre en toda regla para todos los logros que muchas producciones habían conseguido. Por suerte, las cuatro entregas hasta el momento fueron cosa de su director, que pudo tener bastante cancha (excepto alguna tontería que le mandó la productora) para poder seguir la historia como quiso. Si esto hizo que el Hombre alto siguiera manteniendo un carácter tan amenazador como en la primera entrega, también supuso que la idea perdiera frescura, al empeñarse en proporcionar una lógica a la trama inicial que no termina de convencerme. Y de convertir a Reggie Bannister, uno de los secundarios, en una especie de héroe similar al Ash de Posesión infernal que se pasa toda la franquicia vestido de heladero. Lo cierto es que de todas las de entonces, esta es la que menos secuelas ha tenido, con una quinta a punto de estrenarse…aunque estos efectos de telefilme del canal Syfy que ofrecen en el trailer echan bastante para atrás.
 

 

Al margen de sus secuelas, y aceptando las limitaciones de la Phantasma original, es una película muy efectiva, especialmente si se disfruta de esos ambientes un poco pesadillescos conseguidos de forma involuntaria, de esas referencias tomadas de todo tipo de narraciones y escenarios anteriores, y especialmente, si los cementerios, por sí solos, se siguen teniendo en cuenta para poder plantear una historieta de terror de las auténticas.

 

jueves, 15 de enero de 2015

El hobbit. La batalla de los cinco ejércitos (2014). Lo cierto es que el título no engaña

 


El pasado diciembre se terminó la segunda trilogía planteada a partir de las obras de Tolkien. Desde su anuncio, muchos se plantearon la poca conveniencia de convertir un libro tan breve en tres películas. Que si incluir eventos que se sugerían, que si la aparición de Sauron, que si los escenarios…en realidad, todo podía depender de lo bien que se narrase ese material añadido, pero en La batalla de los cinco ejércitos, acabó notándose lo que sospechaba: el cine parece necesitar trilogías y nombres que vendan. Y los van a sacar de donde puedan.

 


Si La desolación de Smaug terminaba con un enorme cliffhanger y un igualmente enorme dragón dirigiéndose a la ciudad, La batalla de los cinco ejércitos ofrece tanto el desenlace del viaje original de los enanos y Bilbo, como la guerra entre humanos, enanos, e incluso orcos, por la montaña y sus tesoros. Al menos, aparentemente. Porque esto se mezcla con la locura de Thorin, una vez que ha conseguido su preciado tesoro, con la ambición (y un poco de egocentrismo) de los elfos, y especialmente, de los temores que elfos y magos albergaban: Sauron ha regresado, pese a que para esto último, todavía tengan que pasar unas décadas.



Visualmente, la película es todo lo que se podía esperar. Las escenas de acción y las batallas superan con creces a las que se pudieron ver hace diez años en El retorno del rey, con el añadido de explotar al máximo las perspectivas que ofrece el nuevo sistema de filmación. Aunque me quedé con la filmación normal, que no están los tiempos como para pagar dos euros por unas gafas de plástico alquiladas, y estos elementos se disfrutan igual. También podría decirse que se ha confirmado que algunas decisiones de casting han sido toda una mejora respecto a El señor de los anillos: Lee Pace como Thranduil resulta un personaje bastante memorable (aunque los fans y miles de memes también hayan ayudado a ello), y a su lado, a Orlando Bloom y su Legolas se le notan bastantes limitaciones.
El otro punto fuerte es el dragón Smaug, o más bien, el doblaje y expresiones que aporta Benedict Cumberbatch. Aunque breve, sus secuencias son el aporte más positivo de la película, donde la aparición de este aporta muchísimo dramatismo. No solo este presenta un antagonista muy interesante, sino que su enfrentamiento, o más bien, su irrupción en la ciudad, resulta muy dramática y alejada de cualquier intención de ser épica. A muchos nos cayó bien el dragón y sus cinismos desde un principio, pero las secuencias de hogares carbonizados y supervivientes intentando escapar rebajan mucho el tono y suponen la mayor carga emotiva que puede tener la película (bueno, en realidad a mí, pase lo que pase, Smaug me sigue gustando...y a mis gatas también).

 


Aquí se queda el interés que pudiera tener, porque, si hubiera que resumir la película, podría decirse que son 147 minutos de secuencias de batallas. Todas ellas, enlazadas con diálogos para dar lugar a la siguiente. Así, la trama de Smaug da lugar a un diálogo para que todos vayan a pelearse a la montaña. Después se paran a explicar otra cosa para que Thorin vaya a pelearse con Azog el profanador, ese orco inventado para la ocasión. Y a base de secuencias de esgrima, cada cual más imposible, se va llegando al desenlace donde, o bien se redimen los personajes con una muerte heróica, o se alcanza la victoria correspondiente. No han escatimado en coreografías para esto, porque lo mismo hay una batalla en un llano, que un duelo a muerte en un pasadizo de piedra que se desmorona…pero, exceptuando el verlo sin pensar en otra cosa, parece la idea en la sala de montaje fue unir todo el metraje de acción posible para cerrar una película, que de otro modo, habría sido muy breve.


Precisamente, el tema del montaje es algo que resulta bastante chocante. Es muy raro que me fije en detalles como esos o en como afecta al ritmo, pero a los diez minutos, empecé a recordar la letanía de “planteamiento, nudo y desenlace” que en toda clase de lengua y literatura inculcan a los estudiantes, y que aquí se habían fumado. Porque todo lo referente a Smaug, y a lo que prometía el final de la entrega anterior, se queda en algo muy breve. En realidad, tan breve como podía haber sucedido en el libro. Quizá esos diez minutos  del principio en los que despachan lo relativo al temible dragón deberían haber sido el desenlace de La desolación de Smaug, si a esta le hubieran quitado unos veinte minutos de escenografía y añadidos varios. La batalla de los cinco ejércitos debería haberse quedado en lo que era su título, pero en ese caso..¿qué sería de una película del Hobbit sin dragón en la última? Y tal vez se hubiera notado demasiado la excesiva duración de la película, al no tener ya más cosas que ofrecer.

 


Como blockbuster para las vacaciones, esta trilogía de Tolkien les ha salido redonda. Ha movido público, ha tenido unos valores de producción asombrosos, y parece que han conseguido llenar el hueco de las grandes producciones de fantasía que, hace diez años, quedaba vacío con El retorno del rey. Y exceptuando la segunda entrega, en la que al ser más pausada se notaban para mal esos añadidos, esta ha resultado bastante correcta y entretenida, como pretendían…Pero en conjunto, se nota que esa decisión de hacer dos películas y después tres, sobre la marcha, responde a la intención de rentabilizar una producción durante al menos, los próximos cinco o seis años. Con esta lógica, solo puedo esperar  que en el 2023 no nos encontremos con El Silmarilion de Peter Jackson dividido en siete películas.

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