Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

lunes, 2 de mayo de 2016

Mind your Language (1977). Qué difícil es aprender inglés


Para muchos estudiantes, la asignatura de idioma obligatorio fue todo un suplicio. Y el inglés acabó sustituyendo al latín en lo de ser la mayor fuente de problemas para ellos. A fin de cuentas, no es lo mismo una lengua muerta que otra que aparentemente, todos necesitaríamos en un futuro cercano. Y sin la cual, al igual que las primeras clases particulares de informática, no seríamos nada en la vida moderna. Teniendo en cuenta la velocidad de publicación de Canción de Hielo y Fuego, y que gran parte de la ficción viene de los países anglosajones, bastante útil fueron estas dos, aunque no para convertirnos en gentes de provecho. Pero en realidad esta dificultad con el idioma no se limitaba a un solo país, y en las Islas Británicas, que ya en los setenta tenían población no angloparlante, lo consideraron una buena inspiración para rodar una comedia de situación de lo más sencillita.

 


Mind your Language recoge esa misma idea: un grupo de personajes de distintas procedencias que intentan aprender inglés en un centro de enseñanza para adultos con distinta fortuna: el nivel de estos oscila entre el desconocimiento absoluto y una soltura bastante notable, pero con dificultades para pronunciar o transformar frases hechas en otras bastante cómicas o con dobles sentidos no intencionados. Su profesor, Mr. Brown, le pone buena voluntad e intenta enseñar a sus alumnos, pero lo tiene difícil con una clase tan variada y poco dispuesta: el alumno pakistaní se enfrenta cada dos por tres al sikh, la empleada de la embajada china, maoísta convencida, considera al empresario japonés un fascista, los camareros griego, italiano y español van a su bola y la au pair francesa no duda en tirarle los tejos. Además, la directora de la escuela cree que no está capacitado para el puesto como lo estaría una mujer, aunque ha demostrado ser el profesor con más aguante de todos los que pasaron por allí.



La estructura de la serie es propia de una comedia de situación: tres escenarios fijos correspondientes a la escuela, alguno ocasional, y un reparto coral, formado por la clase, que hace que el peso de estos en los sketchs varíe mucho entre episodios. Además de facilitar la entrada y salida de los actores: estos permanecen fijos en su mayoría, pero en las siguientes temporadas hay bajas y nuevas incorporaciones que sirven, de paso, para aportar la representación de países.

 


La estructura de los guiones también es la típica de este formato. Estos tratan de todo lo que puede tener lugar en el entorno: la aparición inesperada de un inspector de educación, la realización de exámenes o algún incidente sufrido por los protagonistas sirve para hilar los gags correspondientes. Estos, basados en su gran mayoría por suerte, en juegos de palabras derivados de la mala utilización del idioma, o del acento de los personajes. Los restantes, y no falta al menos uno por capítulo, es un tipo de humor que no ha envejecido bien. Porque algunos chistes son un poco malos en algún caso, y en otros,  porque hoy sería imposible rodar tal cantidad de estereotipos sin que nadie se ofendiera: los alumnos son una colección de tópicos donde el italiano habla a gritos, la alemana es cuadriculada y donde los hindús son practicamente una caricatura. Bueno, también sale un español cuyas frases emblemáticas son “¿Por favor?” y “ah, perdón”, que sorprendentemente, sale bien parado e incluso parece algo más astuto que el buenazo de Manuel en Fawlty Towers.

 


En realidad, los retratos no son tan sesgados como parece a primera vista. Al ser una comedia, hay para todos incluido el personal inglés, donde la principal fuente de comedia es el carecer rancio de la directora, e incluso una mención al argot cockney de otros empleados de la escuela. Tampoco es una joya del humor, sino una producción que se sirve de una situación concreta y emplea un tipo de comicidad muy específica, que, en algunos casos aguanta, y en otros, se le notan los años. Pero esto también es lo que le aporta un factor de curiosidad: hoy es más fácil sonreirse ante detalles como que los recibos sean un batiburrillo de libras, liras, escudos y pesetas. Y los que les gusten los idiomas, además de las frases hechas que se emplean en los gags, seguramente se fijen también en la diferencia de la enseñanza: desde los exámenes demasiado teóricos y basados en la gramática hasta algunas referencias a cómo el aprendizaje intentaba plantearse de una forma más práctica. Que en ambos casos, a los guionistas también les daba para incluir unas cuantas situaciones cómicas.

 
Mind your Language está muy lejos de ser una comedia memorable o de un clásico. Es una producción menor, con algunos momentos buenos, otros flojos y cierto interés por las referencias temporales que pueden apreciarse hoy. Y que, por todo el conjunto, hoy resulta de lo más disfrutable. Sobre todo, si se la compara con la enésima emisión de La que se avecina, o con cualquier capítulo de Gym Tony.

 

jueves, 28 de abril de 2016

Nocturnos de John Connolly. El terror ocasional de un escritor policiaco


Al gustarme unos géneros muy determinados, es difícil que lea otros autores que estén fuera de este ramo. En cambio, cuando escritores de temática más general deciden probar suerte con el fantástico, los leo con bastante curiosidad y me he llevado más de una sorpresa agradable. La carretera, de McCarthy, fue una historia muy parca en estilo, pero mucho más inquietante que otras novelas de ciencia ficción postapocalíptica. La trilogía de Nueva York de Auster creaba todo un juego entre la realidad y la fantasía. Y a John Connolly lo conocía unicamente como escritor de novela policiaca hasta que Negra y Criminal, un programa que incluye el radioteatro en una de sus secciones, adaptó dos de sus textos.

 


Nocturnos es el libro con el que Connolly prueba suerte en el género fantástico, o específicamente, con el terror. Y es el relato que da título a una antología, porque este ha optado por recurrir a un formato muy breve donde le es posible recorrer una selección muy amplia de argumentos: criaturas que se ocultan en el bosque, en el fondo de los ríos o en aldeas apartadas. No faltan tampoco los personajes más comunes del terror clásico, como las brujas, los fantasmas o incluso el diablo, revisitados o planteados desde una nueva perspectiva. Pero también hay sitio para el terror moderno, bien por temática, como la enfermedad, o mediante escenarios, como una fábrica abandonada o un circo ambulante.

La temática es muy extensa, y prácticamente cubre todos los temas del género de los últimos 25 o 30 años. En todos ellos el estilo que emplea es muy conciso: con la brevedad que presentan algunas de las narraciones no hay mucho tiempo de explayarse, y es una de las mayores ventajas porque esta forma de narrar recuerda mucho a autores clásicos. Los cuentos recuerdan a M. R. James, Benson o a H. P. Lovecraft. Especialmente a este último porque en muchos de los cuentos no faltan pueblos con algún lugar maldito o habitado por seres muy antiguos. Pero esto no es un homenaje  o una imitación de un estilo determinado, sino más bien una evolución, donde Connolly aporta su propia manera de narrar  a una serie de temas que en principio, le resultarían ajenos. Quizá en este caso el no ser un autor de nicho le aporta una mayor frescura, porque los elementos terroríficos están ahí, algunos tratados de una manera más clásica que otros, pero en todo momento se mantienen lejos de los clichés que otros han convertido ya en su forma de narrar.

 


Mientras estos relatos basados en lo más tradicional son muy buenos, los mejores, en muchos casos, son aquellos donde se acerca a planteamientos modernos: el más amplio, que da comienzo al libro, es una historia sobrenatural donde lo más importante es la idea de la enfermedad encarnada en un ser humano, del que el lector, y él mismo, nunca llegan a conocer su origen, constituyendo cualquier alusión que se haga sobre esto en el relato, simple atmósfera y posibles especulaciones. También sería el más sangriento de todos los escritos, hasta el punto que quizá podía considerársele un poco deudor de lo que Clive Barker escribía en los ochenta...Pero también, infinitamente mejor trabajado y menos excesivo comparado con cualquier cosa escrita por este último.

 
Otro elemento muy positivo en todos los relatos es el dominio de la atmósfera: en mayor o menor medida, todos los escenarios que aparecen en ellos resultan amenazadores en sí mismos, bien por lo anodino, como cualquier pueblo pequeño, por el horror de haber sido un hecho real, como los cuentos cuyo trasfondo es el fin de la I Guerra Mundial, o bien por la introducción de un elemento anómalo: una playa de arenas negras, un embalse donde hay algo que no es normal, un circo…donde, sin mencionar abiertamente la naturaleza de lo extraño, se van presentando indicios de este hasta su desenlace. Recurso para el cual, el haber elegido el formato de cuento corto es todo un acierto.

 
Me atrevo a decir que Nocturnos es el libro que más me ha gustado en lo que va de año. Los relatos recorren practicamente todos los escenarios y criaturas monstruosas posibles. Estos son casi tan breves como los de Thomas Ligotti, pero mucho más directos y alejados de la carga filosófica y pesimista de este. Connolly solo quiere contar historias. De terror, en este caso.  Y lo ha conseguido de sobra.

lunes, 25 de abril de 2016

Para entrar a vivir (2006). Terror inmobiliario (pero sin hipoteca)

 
Cuando se estrenaron en 2006 la serie de Películas para no dormir, no les hice mucho caso. Igual  porque ya ese año, cualquier cosa que llevara el sello Telecinco me daba miedo, pero no del bueno. O porque entonces estaba viendo la miniserie Masters of Horror que tenía a muchos de mis directores preferidos. O lo mismo, por falta de una promoción adecuada, o precisamente, por preferir verlas más tarde en dvd, y sin que la emisión se alargara dos horas con las pausas de los anuncios. El caso es que los seis telefilmes que en cierto modo, constituían una temporada más de la serie de Chicho Ibáñez Serrador, se fueron quedando olvidados hasta una tarde en la que tenía dos cosas bien claras: que quería ver una película de terror. Y que esta no se alargara innecesariamente.

 

Para entrar a vivir es la segunda entrega de esta serie de mediometrajes de corte terrorífico, dirigida por quien un año después daría toda una franquicia con los infectados de REC. Al igual que en esta, la historia transcurre en un edificio, al que la pareja protagonista acude a ver un piso anunciado como listo para ser ocupado. Pero la descripción de este resulta engañosa hasta el extremo: una zona industrial perdida en las afueras, un edificio desvencijado y un apartamento que parece haber sido abandonado hace años. La agente inmobiliaria parece muy optimista sobre las condiciones del inmueble y no duda en considerar a los protagonistas como inquilinos. Pero hay algo más extraño que el encontrarle algo positivo a ese lugar: los detalles personales que la agente conoce sobre ellos, parecen algo más que convencimiento de poder cerrar una venta. Y los gritos de un niño que se oyen en uno de los pisos hacen pensar que puede haber algo peligroso.

 



Al tratarse de un mediometraje, el guión va muy al grano: con 70 minutos no pueden meterse demasiadas tramas ni pretender rellenar, lo que a este tipo de historia le va muy bien. El tiempo que se dispone para presentar a los personajes se combina muy bien con el destinado a crear atmósfera, con un recurso tan simple como los diálogos entre los personajes durante un viaje en coche. Suficiente para saber quienes son, el por qué de una búsqueda de vivienda un poco apresurada, y sobre todo, para cambiar las tonalidades a través de un escenario muy propio del terror moderno: ahora lo inquietante no son las mansiones desoladas, sino los barrios ruinosos. No falta tampoco una escena de lluvia, que si bien no es un elemento determinante para la trama, sí es un aporte para crear una ambientación más gris y hostil para los protagonistas.

 
Otro acierto en esta ambientación es el edificio donde transcurre la historia: este es una mezcla muy curiosa entre una vivienda donde abundan los muebles de los años sesenta, donde un patio de luces puede servir para una secuencia llena de tensión, y entre elementos que resultan más propios del terror, como los maniquíes, que se utilizan como recurso macabro de una forma muy efectiva, y que también recuerda un poco a algunos slasher de finales de los setenta.

 
 


El guión, también por la limitación de tiempo, es trepidante: desde que empieza la persecución no hay un minuto de descanso, lo justo para recrearse un poco en cada escenario donde no faltan maniquíes, cadenas, platos sucios y cualquier cosa que pueda dar un mayor aspecto de locura y peligro. Lo cierto es que el argumento como tal resulta simple, al reducirse casi a “un personaje es perseguido por un loco en un local cerrado”. Siendo loco, ese término para poder agrupar cualquier rareza y motivación que un antagonista tenga sin esforzarse demasiado en buscarle justificación.  Pero funciona también por no pretender nada más, y sobre todo, por el buen ritmo que mantiene. En cierto modo, casi puede verse como un ensayo de REC, y de hecho, una de las secuencias es idéntica a una de las más reconocibles de la película que saldría el año siguiente.

 


Reducido a tres o cuatro personajes, y como estos se pasan la mitad del metraje corriendo, el trabajo de los actores es bastante correcto con el material que tienen. La que más sobresale es Nuria González como agente inmobiliaria, que es sobre la que recae el papel decisivo y  hace un gran trabajo. Poco hay que decir de Adriá Collado, que sale relativamente poco en comparación con Macarena Gomez, a la que sí podría considerársele como protagonista. En su caso, al necesitar una interpretación un poco histriónica, y dados los momentos de humor negro que tiene el guión, es una elección acertada.

Para entrar a vivir es toda una película para pasar una tarde: directa, breve, entretenida, y para mi sorpresa, me ha gustado pese a tener una de las temáticas de las que más reniego, como es la de los asesinos. Además, vista unos años desde su estreno, gana en muchos detalles: el que hoy el punto de partida para una historia de terror sea la compra de un piso, se ve de una forma distinta.

 

 

jueves, 21 de abril de 2016

Lecturas de la semana. Hoy, batiburrillo


 
Generalmente no empiezo un libro hasta que he terminado el anterior, pero alguna vez, cuando la trama se ralentiza un poco, o lo mismo no tengo el día para seguir con los capítulos, me puedo despistar con cualquier cosa. Lo mismo Danza de dragones se mezcla con una relectura de los clásicos de Mortadela y Filemón, o una novela de zombies le hace de telonera a un ensayo sobre economía. Hoy fue una de esas semanas

 


Javier Ikaz y Jorge Díaz. Yo fui a EGB 2. El primer libro entretenía, pese a ser muy somero y muy general: menciones a cosas de los setenta, ochenta y principios de los noventa, muchas fotos, y mucha mención a esa generación a la que pilló el último plan educativo duradero. Sin embargo, se me había quedado un poco escaso y a ratos cayendo en el tópico, lo que tampoco era algo negativo teniendo en cuenta que el libro pretendía ser un repaso.

Al final me hizo bastante gracia como para seguir con la segunda entrega, que en principio también peca de querer mezclar tópicos en un prólogo donde remezclan elementos de varios años y resulta un tanto raro. La nostalgia es una cosa, pero cuando se quiere meter en la misma narración a dos boy bands con más de seis años de diferencia, se nota demasiado que ahí trabaja la idealización, y no la memoria.

Como en el primero habían tratado lo más memorable, en este se han centrado en elementos menos recordados que la ropa o las películas, pero también más divertidos. El apartado de televisión se ve muy reducido, practicamente solo menciona los programas que se quedaron fuera en el libro anterior, y la estrella es todo lo relativo a la vida cotidiana: los electrodomésticos, un tanto aparatosos todavía (donde un grill parecía un aparato de tortura sacado de la mazmorra de los Bolton. La tortura, claro, era limpiarlo), las casas del pueblo y cosas imposibles de encontrar hoy, como los juguetes de los kioscos..quizá porque han evolucionado a los de los chinos. Seguramente uno de los más divertidos es el del mobiliario, donde confirma que parece haber toda una generación traumatizada con el sky de los sofás. Yo también acabé preguntándome qué pensarían mis gatas de esa especie de cueroplástico extraño que no vale para afilarse las uñas.

 


V. E. Schwab. A Darker Shade of Magic. Empecé con el libro por recomendación, sin conocer a la autora, y con poco más que una indicación somera de su argumento: un mago que tiene la capacidad de viajar entre distintos mundos: en el Londres Rojo, de donde proviene el protagonista, la magia es algo habitual, pero que se emplea con respeto. Londres Gris podría ser perfectamente la Inglaterra del rey Jorge, y el Londres Blanco es un lugar más siniestro, donde sus habitantes han sido consumidos por la magia y el mundo parece estar desvaneciéndose. No hace falta imaginar que los gobernantes de este último son unos malos bichos y van a darle más de un disgusto al protagonista, que actúa como mensajero del rey entre los tres mundos.

El libro es bastante breve, comparado con lo que escriben otros autores de éxito como Abercrombie o Rothfuss, algo que cada vez agradezco más en el género fantástico. Establece el mundo en el que se ambienta de una forma rápida, aprovechando mucho todos los capítulos en los que el protagonista viaja para dar la información y, quizá por este estilo más directo, también podría considerarse un poco una obra menor comparada con los autores fantásticos que suenan más. Menor, quizá, pero bien planteada y con algunos detalles, como el no complicarse demasiado a la hora de describir los mundos, o que uno de los personajes sea una chica cuya ilusión es ser pirata, que me han parecido bastante entrañables. El planteamiento, salvando mucho las distancias, también me recordó un poco a una versión menos sicodélica del multiverso de Moorcock.

 
En realidad también tiene un detalle muy típico de las series de fantasía: la autora ha firmado para escribir tres libros, por lo que la historia no está planteada para un único libro (tendencia que cada vez me gusta menos), pero al menos, en este primero, sí tiene una trama lo suficientemente interesante como para que sirva de lectura independiente.

lunes, 18 de abril de 2016

The Dead Room (2016). El misterio de la habitación en obras


En los últimos años las películas de fantasmas están gozando de buena salud. O al menos, la mayoría son producciones bastante resultonas que, cuando no son tan efectivas como Insidious, son la mar de entretenidas que lo que se podía ver hace algún tiempo…O, bueno, con esforzarse un poco y evitar los sustos a base de subir el volumen, me conformo.

 


Dead Room evita cualquier convención previa sobre casas encantadas y familias aterrorizadas, sino que va al grano: empieza directamente con la llegada de tres investigadores a una casa, de la que sus habitantes han escapado apresuradamente debido a los fenómenos que tenían lugar. Tanto, que hasta se les han quedado allí los periquitos, detalle que me parece bastante feo por su parte y espero que sus propietarios las pasaran negras con el fantasma (en realidad están bien y son bastante indiferentes al tema paranormal). El equipo, formado por una médium, un científico bastante ilusionado con la posibilidad de encontrarse con algo real, y otro un poco más escéptico, se encuentran en unas pocas horas con lo que les habían advertido: una violenta entidad invisible que cada noche, sacude los muros de la casa y parece querer, por todos los medios, echar de ahí a cualquiera que se encuentre en ella. Ante la sorpresa de los investigadores, solo hay algo más enigmático que el poderse encontrar con un fenómeno pararnormal real: una habitación de la casa, que parece aislada a estos, y donde aparentemente, la criatura no puede entrar.

 

La mayor ventaja de la película es su comienzo, de una forma muy directa: no interesa lo que le hubiera pasado a los anteriores dueños, sino que la historia concierne a los investigadores. Estos se presentan de una forma muy adecuada, casi neutra: tres personas interesadas en lo paranormal, con visiones distintas y algún conflicto por esto. En este caso, no hay ninguna trama sobre el enfrentamiento de opiniones, ni siquiera aspectos personales de los protagonistas que se pongan de manifiesto al verse frente a lo sobrenatural. Las discusiones que estos tienen en algún momento recuerdan más a un conflicto laboral que a un encarnizado enfrentamiento entre fe y ciencia. Vamos, yo creo que son los personajes más serios y profesionales que he llegado a ver en una película. En realidad esta presentación tan neutral hace que el guión sea muy conciso y muy centrado en lo principal, que es la investigación. Y además no evita que estos tengan una caracterización, mediante detalles como mostrarlos leyendo, hablando con su familia o revisando datos. Algo que también les aporta coherencia: no es el típico personaje que se va a pasar hora y media gritando, pero seguramente el público tenga más simpatía por ellos que por uno más estereotipado.

 


El enfoque también procura ser realista, dentro de tratarse de una historia de fantasmas: en realidad, no aparece ninguno. Aquí lo sobrenatural se manifiesta como suelen hacerlo en los testimonios típicos de poltergeist y casas embrujadas: ruidos, objetos que se mueven, golpes y finalmente, actos más violentos según se acerca el desenlace de la película. No es precisamente una historia para ver exhibiciones de fantasmas ni golpes de efecto, sino que es una aproximación  más sutil. Algo muy acertado por lo limitado del presupuesto, que usan de forma bastante hábil, y que, al enfocar todo desde un punto de vista más propio de la investigación, evita uno de los mayores clichés de este género: los sustos inesperados. Habrá ruidos, golpes y sillas volcadas, pero en ninguno de los planos de pasillos y habitaciones vacías se recurre a sombras ni cosas que aparecen de sopetón. Además de agradecerse, funciona mucho más: estaba tan acostumbrada a esperar este tipo de trucos, que más de una vez estaba pendiente de esos momentos en los que por convención, debería haber aparecido algo.

 

En el guión hay dos influencias bastante notables. La primera, el relato de fantasmas clásico, especialmente los de M. R. James: la historia se narra a través de los sucesos que viven los protagonistas, y solo al final, al desvelarse lo que hay en esa habitación aislada, se tiene una ligera idea de lo que pudo haber sucedido. Algo que en realidad, no se muestra, porque el guión no da ninguna información sobre los antecedentes de la casa. Y que en realidad, no se echa en falta: ese sugerir más que mostrar funciona tanto a nivel visual como en el trasfondo de la historia. El otro es La leyenda de la mansión del infierno, en su versión cinematográfica al menos: hay elementos que no son parecidos, sino que hacen pensar que están calcados tal cual. En algunos momentos, los piques entre la médium y el científico recuerdan un poco a los protagonistas de la obra de Matheson, que, por suerte, solo se queda  en “un poco”. Pero el parecido más evidente es el recurrir a una máquina pensada para acabar con un fantasma, algo que, más que una influencia, resulta directamente calcado.

 


The Dead Room es otra película menor, pero funciona. Con unas influencias bastante reconocibles, y un giro de guión que en un primer momento, sorprende, no es una historia memorable, pero entretiene mucho. Solo decepciona su desenlace, donde deciden tirar por la borda todas las normas anteriores y recurrir a una aparición más visual, quizá por miedo a que su público protestara por ver una película de fantasmas sin fantasmas. Aparición que en realidad no molestaría y sería una sorpresa más de no ser por un detalle: una película no debería finalizar con una imagen de susto en plan screener.

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