Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 3 de septiembre de 2015

Operación U.N.C.L.E. (2015). Los sesenta, la película



Cuando a finales de los noventa se anunciaba una película “basada en una popular serie de los sesenta”, aquello era para echarse a temblar. De lo que se hizo en esos últimos cinco o seis años, las comedias querían ser tan irónicas y tomarse tan poco en serio, que acababan por no hacer gracia a nadie. Las de acción, parecían una excusa para empaquetar un blockbuster lleno de escenas de acción y de mostrar a tutiplén unas infografías que vistas hoy cuando las pasan en la tele, llevan peor el paso del tiempo que cualquier efecto especial tradicional. Hay excepciones, como las cinco entregas de Misión imposible, pero solo hace falta recordar aquella versión de Los vengadores con Uma Thurman como ejemplo de lo que puede pasar. Por eso tras aquella fiebre de versiones, el trailer de Operación U.N.C.L.E., con su estilo de acción más seria, me hacía dudar bastante. Pero, por un lado, no sabía nada de la serie, solo que en mi casa la conocían como El agente de CIPOL y su temática de agentes secretos. Por otro, el director era Guy Ritchie, cuyo estilo de dirección, desde Snatch a Sherlock Holmes, me había gustado mucho (más la primera que su secuela. Y vamos a fingir que Barridos por la marea nunca ha sido filmada). Al menos, las expectativas eran algo mejores esta vez. Y en el peor de los casos, todo podría quedarse en una película de acción similar a Misión imposible.





En realidad ahí estuvo el primer error, porque el guión recurre a mantener la época original de la serie: son los años sesenta, y Napoleón Solo, un antiguo ladrón de guante blanco metido a espía, debe sacar de Berlín oriental a la hija de un científico desaparecido, del que se sospecha que ha sido secuestrado. Como la posibilidad de un físico nuclear fabricando armas para una organización terrorista es mucho peor para el orden establecido que el quítame allá ese telón de acero, ambos bloques deciden trabajar juntos y Solo tendrá como compañero a Ylya Kuryakin, un agente del KGB, y a Gabi, la hija del científico y experta mecánica. El objetivo es descubrir lo que sucede en unos conocidos astilleros italianos, de los que se sospecha que están ligados a la organización terrorista y donde puede estar llevándose a cabo la construcción de una bomba nuclear.

 



El primer acierto de esta versión ha sido precisamente mantener la época original. En lugar de tirar por lo fácil y enseñarle al público lo que conoce, optan en cierto modo por una película de época. De la guerra fría, que a fin de cuentas, es una época determinada. Esto implica un mayor esfuerzo a la hora de establecer los escenarios, personajes e incluso forma de pensar, pero también supone el contar con una situación mucho más concreta y reconocible, como es la guerra fría, en lugar de la organización y misiones más genéricas que salen en muchas producciones posteriores al 2000. Los diálogos y las actitudes, especialmente las de los jefes de los protagonistas, cuentan así con una mayor carga, más ideas y también más mala leche. Pero también el mantener este escenario hace que visualmente, se disfrute mucho más. Porque este está cuidadísimo, explotado al máximo pero también lleno de detalles. Desde los escenarios más desvencijados de Berlín occidental, hasta los excesos de un hotel de lujo en Roma, pasando por cosas tan nimias como el mobiliario funcional en un apartamento franco, en una escena que, apenas durando dos minutos, no se han olvidado de incluir hasta el más mínimo elemento…Y es que cuando es posible reconocer los muebles de contrachapado y las butacas de skay, se lo han currado a base de bien.

 


A partir de esta estética y la atmósfera es cuando se empieza a notar también la intención de la película. Porque, frente a los escenarios más grises y secos de Berlín, que hacen pensar en las producciones de espías tradicionales, todas las secuencias de Roma son una verdadera locura: excesos en los interiores, en los decorados, donde no falta lo más moderno de lo que era moderno en los años sesenta…y hasta en los vestuarios. Porque algunas secuencias, como una fiesta para la alta sociedad, son un desfile de interpretaciones histriónicas, atrezzo pasado, y unos modelos que parecen sacados de un anuncio de Ferrero Rocher o de los que echaban en los cines hace más de veinticinco años. Al princpio resulta chocante comparado con la sobriedad anterior, después se le pilla el truco, y es imposible no apreciar todo ese trabajo y exceso y tomárselo a broma, que era lo que pretendían. Al igual que el retrato que hacen de los italianos, donde, también con bastante humor, la mayoría de figurantes quedan reducidos a caricaturas con bigote y actitudes prepotentes. Todo también muy de entonces y planteado con muy mala baba.

 

Si con determinadas secuencias se nota que la historia, en cierto modo, no va muy en serio, se confirma a partir del tratamiento de la trama y de determinadas situaciones. Todo el mundo de los espías se plantea de forma muy irónica, explotando mucho la paranoia, y con eso también, las bromas a costa de la tecnología de la que se disponía en los sesenta: hay micrófonos hasta en la sopa, agentes hasta en el parque, y en general, nadie se fia de nadie. Un poco con el tono Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, pero mucho más ligero. Incluso las secuencias de acción se plantean de forma similar y bastante brillante: si ya a la hora de presentar esa Roma de anuncio de televisión se notaba que no iba en serio, a estas se acercan en el mismo estilo: gran parte de las persecuciones y explosiones se solucionan con la técnica de la pantalla partida en varios planos, haciendo que la duración de estas se reduzca muchísimo. O directamente, optan por presentarlas en un segundo plano, en uno de los mejores momentos de la película, donde se ve a Solo haciendo algo completamente anodino (y chocante) mientras su compañero es perseguido dramáticamente una y otra vez. Porque, seguramente hemos visto muchas películas donde vemos al héroe huyendo de los malos. Pero ninguna donde enseñan lo que hace su compañero mientras.

 
 
La estética y el humor son una de las mejores bazas de la película, donde sorprendentemente, consigue mantener el equilibrio con los momentos dramáticos. Pero el guión en comparación, ha quedado a ratos muy simple, y a ratos muy poco cuidado. La trama de la hija del científico secuestrado es algo que debe componer el 30% de las historias pulp y un 60% de las de los años sesenta, por lo que lo importante aquí no sería el qué cuentan, sino como (o directamente, verlo un poco como un guiño irónico). Pero pese a cuidar tan bien todo lo relativo a la guerra fría, se han olvidado de los antagonistas. Que sean una organización terrorista, de acuerdo, pero en un momento de la película, se sacan a los nazis de la manga para mencionarlos en un momento, y olvidarse por completo del asunto. Porque, parece que exceptuando lo de incluir a un villano que todavía podía estar reciente en los sesenta, ni es relevante para la trama ni hacía falta. Y mucho menos, con un antagonista principal como el que tienen, igual de exagerado y tremendo que la estética, pero que le pega muy bien que todo eso de los nazis. Los personajes, a ratos, tampoco funcionan demasiado bien: aunque la química y los piques entre Solo e Ylya sea lo más cuidado, y estos cuenten con la mayor simpatía del público (especialmente el segundo), la aparición de Gabbi se queda en una inclusión un poco forzada de “chica de la película”, donde los intentos de introducir una trama romántica con uno de los personajes resultan artificiales y carecen de frescura. No sé si llegara a haber una segunda película, pero espero que en ese caso pulan un poco esto último, o si no resulta, eliminen esa trama.

 

Operación U.N.C.L.E. es una de esas películas que, en cierto modo, hay que pensar un poco antes de decidir si han gustado o no. Su forma de narrar un poco chocante hace que al principio de la impresión de no estar claro si es una broma, en serio, o si les ha salido mal. Algo que también provoca en algunos momentos, la manía del director por seguir utilizando un montaje acelerado e incluir flasbacks donde no hacían falta, solo por una especie de manía de mantener una estética moderna. Pero una vez superado el desconcierto, funciona: los personajes principales, el contraste entre lo serio y lo exagerado, e incluso la música de fondo, hacen que sea una de esas veces en las que un intento de filmar algo con un punto de ironía pero respetando el material original, funcione.

 

 

lunes, 31 de agosto de 2015

Obituario: Wes Craven


Si escribo Wes Craven, a muchos el nombre no les sonará de nada. Si escribo Pesadilla en Elm Street, o siendo más recientes, Scream, la cosa cambia. Lo que también cambia es que una de las primeras noticias de esta semana ha sido su fallecimiento hace unas horas.

 

Junto a John Carpenter y George A. Romero, fue uno de los directores que entre finales de los setenta y casi todos los ochenta, se encargó de diseñar gran parte del cine comercial de la década, para bien y para mal. Porque si bien es responsable de producciones tan duras como La última casa a la izquierda, o clásicos como La serpiente y el arcoiris, que hoy es un referente en cuanto al cine sobre los zombies haitianos, su personaje más emblemático Fred Krueger el asesino de los sueños, Freddy Krueger después, se convirtió a lo largo de los ochenta en casi una estrella de la comedia a ratos negra, a ratos absurda, que era en lo que con el tiempo, se convirtió su saga más famosa.


Por mucho que me cueste, también debería mencionar Scream. Y me cuesta porque el slasher o películas de asesinos es uno de los géneros que más aburrido me resulta. Pero esta, con sus cuatro entregas y una miniserie en camino, hizo que en los noventa se viviera un nuevo interés por el cine de terror dentro de esa vertiente. Una vertiente que aportaba un elemento nuevo: los guiños referenciales, la consciencia de los clichés del cine de terror y las secuelas y en cierto modo, el no tomarse aún menos en serio las películas de adolescentes asesinables. Unos años después este estilo se perfeccionaría mucho más de lo que él planteó, y películas como Cabin in The Woods le dan mil vueltas en ese tema, pero al menos hay que reconocerle el ser en cierto modo, el primero, y que consiguiera que durante un par de años, películas con premisas tan simples como el recuento de asesinatos volvieran a ser productos de interés para el público.

 
 


 
Eran otros tiempos, y perfectamente normal que los monstruos rapearan
 
Pero es imposible hablar de Craven sin dedicarle más tiempo a Pesadilla en Elm Street. Y más ahora que se habla, otra vez, de un nuevo remake, después del poco interés que despertó el del 2010. Él fue el creador de Freddy Krueger, primero un nuevo hombre del saco, y después, una especie de showman especializado en muertes todo lo creativas que le permitían los sueños, campo en el que este asesino de niños que buscaba venganza (al menos en la primera película. El resto debía ser ya por afición), asesinaba a los protagonistas, para los que la posibilidad de dormirse se convertía entonces en una muerte segura. Aunque hoy no me parezcan especialmente buenas sus secuelas, por ceder demasiado al humor un tanto payaso y precisamente, potenciar esta característica en su personaje principal, a su personaje sí le reconozco el haber sido todo un icono por meritos propios. Uno con mucha más astucia de la que podía tener, por ejemplo, el soso de Jason Vorhees, y más ingenio que El hombre alto de Phantasma (aunque este útlimo, por el contrario, tenga una naturaleza mucho más pesadillesca que este asesino de los sueños).

No fue una carrera redonda: tuvo películas buenas, algunas que se consideran clásicas, una temporada de menor actividad, otras producciones malas con avaricia, como La maldición, y otras en las que optaba por separarse del terror y acercarse al suspense, como en la curiosa Vuelo nocturno. Pero con todo ello, y aún siendo muy crítica con su carrera, solo puedo darle las gracias. Por el miedo, por el vudú, y sobre todo, por habernos tenido en vilo durante una década con las garras de cuchilla de Freddy Krueger.

 

jueves, 27 de agosto de 2015

Extinction (2015). Tres personas, cuatro zombies y una era glacial


Es muy raro que se me pase por alto el estreno de una película de zombies, y menos cuando su aspecto es lo bastante cuidado como para no parecer la típica historieta que han filmado mil veces. Será cosa de que hoy la ficción sobre zombies es casi un género propio y con tanto material, hay que seleccionar algo más, cosa para la que no siempre hay tiempo. Pero ahí me encontré, ante una película de la que no sabía nada: ni que estaba basada en …Y pese a todo, de Juan de Dios Garduño, ni que su director y coproducción fueran españoles. Pero, como alguna de las películas que más me han gustado me las he encontrado de una forma parecida, no me pareció un despiste grande, sino una posibilidad de encontrar alguna sorpresa.

 


Precisamente esto no saber nada es algo muy ligado al argumento de Extintction: la película empieza, como tantas otras, con una epidemia altamente contagiosa, cuyos infectados atacan a todos los seres vivos que encuentran, y con un grupo de soldados intentando conducir a los escasos supervivientes a un lugar seguro. Tampoco importa mucho, sino es para conocer a los dos protagonistas, de los cuales no se vuelve a saber hasta después de nueve años: uno de ellos vive con su hija pequeña. El otro, en una casa cercana, pero ninguno de ellos parece haber tenido contacto durante ese tiempo. Para Lou, la niña, solo es una parte más del paisaje, como lo puede ser la casa con alambrada, el invierno y la nieve que parecen haber durado años, y las historias de su padre sobre los monstruos que acabaron con el resto de la gente. Pero tras años sin ver a ningún infectado, comienzan a aparecer algunos de ellos. Y, al igual que a los protagonistas, estos también han cambiado con el tiempo: más rápidos, fuertes y con un aspecto menos humano y más parecido al de los monstruos  sobre los que habla el padre de Lou.



En cierto modo, no se trata de una película de zombies, ni de infectados, sino de una sobre personas viviendo en un entorno hostil. Por eso gran parte de la información típica que se suele ofrecer en obras de este tipo, es inexistente: no hace falta explicar de dónde viene la infección, ni qué pasa con los gobiernos, si es algo que se ha visto miles de veces. Hasta el punto es que esta es toda una excepción: no hay  ningún tipo de prólogo aludiendo a noticias o pistas, y algunos elementos secundarios, como el tema de las estaciones, se deduce unicamente por una conversación que tienen los protagonistas. De algún modo, podría parecerse a los comics de Walking Dead, pero solo por preocuparse más de estos personajes y no de la acción: en tono del guión es mucho más pausado y quizá menos duro, donde el principal componente amenazador no es externo, sean infectados o humanos, sino lo claustrofóbico del escenario y el enfrentamiento no abierto entre los dos protagonistas, que va descubriéndose a medida que estos resuelven su conflicto.

 


El ritmo es muy pausado, y gran parte de la película se centra en escenas muy cotidianas, desde la vida de Jack y su hija, personajes muy ligados a un entorno cerrado como es la casa, a la de Patrick, el vecino quien en una salida al exterior es el primero en encontrar a una de las criaturas. Es bastante interesante el tratamiento de cada uno, presentando a los primeros con un carácter mucho más prudente, gracias a los cuales también se introduce una trama sobre el miedo, y la necesidad del riesgo como posibilidad de avanzar y encontrar algo mejor, frente al último, quien se presenta como un personaje más decidido pero también mucho más autodestructivo y tocado por el aislamiento. 

 


En este caso, se agradece que se trate de un largometraje y no una serie, porque es un componente que a la larga, acaba ralentizándose más de lo que debería, y haciendo que el ritmo lento se quede directamente estancado. Y con esto, también se pierden otros detalles que parecían tener una mayor importancia: en un momento se sugiere la posibilidad de la locura de uno de los personajes, cosa que un par de secuencias después se despacha de una forma muy acelerada, que contrasta mucho con el tono que mantenían hasta hace poco y que da la impresión de ser algo que quizá debió quedarse en la sala de montaje. La velocidad de la narración resulta todavía más chocante hacia el desenlace, donde después de tomarse mucho tiempo para crear el escenario, recordaran que estaban filmando una de zombies y decidieran meter el turbo y unos cuantos infectados para ofrecer un cierre más corrientes.

 


Como en la mayor parte del tiempo dependen de los personajes, y no de los efectos especiales (que, para ser una película de este nivel, en una secuencia de automóvil se les notó un poco el chroma), recae sobre el guión, y sobre los actores, la tarea de hacer que sus personajes sean creíbles y comprensibles para el público. Tarea que cumplen muy bien, especialmente en el caso de Jeffrey Donovan y Quinn McColgan como padre e hija, quienes son los que tienen mayor tiempo en pantalla. La cara más conocida es Matthew Fox, cuyo nombre era el que más sonó a la hora de hacer promoción y a quien al pobre debieron tener un par de meses a base de ensalada para conseguir el aspecto escuálido que necesitaba para el papel. La presencia de un cuarto personaje es más anecdótico que otra cosa, por su escasa aparición, pero la mayor curiosidad es que se trata de Clara Lago. Nombre que a mí no me decía nada pero que al parecer era la protagonista de Ocho apellidos vascos.

Aunque se la siga considerando como una película de zombies, pero sin zombies, Extinction sí ha sido la sorpresa que esperaba. La intención de mantener un tono muy lento y reflexivo juega un poco en su contra, al no manejarlo todo lo bien que deberían, pero como historia postapocalíptica, es una de las buenas. Y además, con el añadido a su favor de no tener segundas partes a la vista.

 

lunes, 24 de agosto de 2015

Obituario: Daniel Rabinovich

 


La semana pasada el mundo del humor recibió malas noticias: un día después al fallecimiento de Lina Morgan en España, Les Luthiers perdían a uno de sus miembros: Daniel Rabinovich, quien formó parte desde su fundación hace más de cuarenta años.

 


El funcionamiento de sus números cómicos podría ser similar al de otras formaciones que cuentan con canciones humorísticas en su repertorio, había algo en Les Luthiers que los hacía únicos en cierto modo: su nombre se refiere a quienes fabrican instrumentos musicales, algo que ellos llevaban a cabo. En sus espectáculos podían verse aparatos hechos con tubos y piezas que tenían cualquier otro uso menos el artístico y que sin embargo, eran capaces de tocar melodías completas que no envidiarían a un concierto clásico.

 


Unido a la música también estaba una concepción del humor muy propia: recurriendo principalmente a los juegos de palabras, la fonética, y en alguna ocasión, pero muy poca, al absurdo, su principal fuente de inspiración era lo que hoy se considera la cultura clásica, especialmente la ópera. Ellos crearon a Johann Sebastian Mastropiero, compositor que, en realidad, nunca fue interpretado por ningún miembro del grupo, sino que se limitaban a narrar su vida e interpretar alguna de las piezas. Autor que, según explicaban ellos mismos, ha vivido en todas las épocas, cultivado todos los estilos, y del que contaban su biografía, llena de descalabros, desfalcos, infidelidades y todo tipo de plagios a cada cual más descacharrante. Todo ello con una gravedad que no desentonaría en cualquier emisión de Radio Nacional Clásica.

 

No puedo hablar de Les Luthiers sin añadir algo propio: ¡una de vampiros!

El mundo de la música no fue el único objeto de sus sketches. Desde la filosofía hasta el canto religioso, acabaron por hacer referencias a casi toda la cultura general. Incluso la menos estirada, por así decirlo, porque llegaron a atreverse, con éxito, a hacer toda una parodia de determinados formatos televisivos, de la música popular, e incluso en los últimos años, de la política, donde sin mencionar a nadie, reflejaban de una forma muy irónica todos y cada uno de los defectos y tópicos de los políticos populistas.

 


Aunque Mastropiero nunca apareciera como tal, ni tuvieran personajes fijos, cada integrante solía interpretar papeles con rasgos específicos. Si unos, como Marcos Mundstock era la voz y biógrafo del compositor imaginario, o Jorge Maronna, solía dar bien a la hora de papeles eclesiásticos, Daniel Rabinovich se encargaba, en general, de los momentos en los que un diálogo rompía la aparente seriedad del sketch. Era el personaje algo despistado, en alguna ocasión, el simple, y en más de una, el más pícaro. Características que era capaz de mantener magistralmente, para, en cualquier otro momento, saltar a un registro distinto e interpretar, dentro de su personaje, a otro nuevo: un tenor, otro músico, un profesor, o de nuevo, un miembro de Les Luthier.

 

Como a tantos otros, hoy quedan, por suerte, muchas de sus actuaciones grabadas y remasterizadas. De las cuales, la que mejor podría despedirlo, y resumir su vis cómica, sería papel como Daniel el Seductor en la ópera La hija de Escipión. De Johann Sebastian Mastropiero, claro ¿ha habido alguna vez algún otro compositor?
 

jueves, 20 de agosto de 2015

Batman: la máscara del Fantasma (1993). Cuando “dibujos para todos los públicos” no significa “solo para niños”.



Cuando los dibujos animados todavía formaban parte de la programación de las cadenas de tv, uno de mis favoritos era Las aventuras de Batman. No era fan del personaje, ni de ningún otro superhéroe entonces, pero me gustaba más que La patrulla X, al tener un carácter episódico mucho más sencillo de seguir, e incluso entonces notaba en ella una calidad que no había en otros dibujos: junto de su nivel técnico, estos no parecían pensados unicamente para vender juguetes. Incluso parecían más reales que otro, y la lo más evidente de esto era que ¡usaban balas! No esos láseres apuntados al cielo tipicos de los dibujos que evitaban la violencia, sino que eran disparos de verdad, independientemente que las muertes sucedieran fuera de plano. Bueno, en realidad lo que más me gustaba, además de lo fácil de seguir que me resultaba era que era muy macabra. Los edificios de Gotham city, villanos grotescos y ese manicomio del terror que era el Asilo Arkham (durante años me pregunté si tendría algo que ver con H. P. Lovecraft).

 


No debía ser una opinión aislada, porque tras su primera temporada, la Warner realizó una película derivada de la serie, que en España se estrenó en vídeo y de la que hasta Telecinco, que emitía los dibujos, no dudó en anunciar todo lo posible. Y, La máscara del Fantasma, sin tener el  nivel de una producción animada destinada a cine, sí superaba todas las expectativas llegando a mejorar una animación que ya inicialmente, tenía un nivel muy alto. Esta primera película es una mezcla bastante curiosa entre el episodio anecdótico, con un antagonista que no era uno de los villanos habituales, los primeros pasos de Batman como héroe y lo seguro, con la presencia del Joker como elemento secundario. En ella, un personaje desconocido acecha a varios criminales. Pero, a diferencia de Batman, no duda en asesinarlos. Mientras la prensa sospecha de este último, una antigua conocida de Bruce Wayne vuelve a Gotham, alguien que también conoce su secreto y fue testigo de sus primeros intentos por combatir el crimen.



La animación y los diseños son una de las cosas más recordadas y que en cierto modo, influyeron en los dibujos de DC posteriores: los escenarios de la ciudad son muy deudores de la estética noir de los años cincuenta (y en algún momento, a Metropolis), unos paisajes muy lisos, pero que casi parecen tridimensionales. Esta estética se mantiene en todo momento mezclada con elementos recientes, haciendo que sea propio de Gotham ese aspecto anacrónico, donde los coches de gangsters y los policías con sombrero y traje pueden convivir con tecnología de los noventa. Al igual que los personajes: estos se han dibujado con una línea muy clara y detalles breves, muy sencillos de animar y en cierto modo, muy cercanos a las tiras de comic de la época y en el caso de algunos diseños femeninos, a las figuras de las pin up, pero mucho más sutiles y adecuadas a una cinta de animación. Cada uno de ellos, único, distinto de los diseños de otros secundarios y capaz de mostrar distintas expresiones. Esto último, por suerte, se ha vuelto algo habitual y requisito mínimo de calidad en cualquier cinta de dibujos.

 


En este caso, la estética tirando a macabra se aprovecha al máximo gracias al guión: el antagonista lleva una máscara de calavera, se desplaza entre niebla, y, teniendo en cuenta parte de la trama, una gran parte de los escenarios consisten en escenarios e incluso un parque temático abandonado, lleno de atracciones oxidadas y con todos los elementos propios de los lugares ruinosos. Quizá por eso resulte un poco curioso que el diseño de Batman sea el clásico, con el traje gris y el cinturón amarillo que hace pensar más en Adam West que en el Caballero Oscuro de Nolan. Una buena prueba de que es posible mejorar algo clásico y asociado a lo camp.

 


Aunque visto hoy el guión pueda no parecer de los más redondos, especialmente comparado con las animaciones que produjo Warner después, es uno de los mejores que pudieron producirse en la época. Si bien comienza como algo anecdótico, introduciendo al personaje de El fantasma (aquí reconozco hablar un poco de memoria, porque apenas conozco nada de Batman si no es a los villanos más famosos), sirve también como enlace con la serie: los flashbacks de Bruce Wayne ocupan una buena parte del guión, para ir desarrollando una narración sobre venganzas familiares, corrupción y mafiosos alejados de los supervillanos habituales, también muy deudora del noir y de los relatos de detectives. La aparición más inesperada es la del Joker, quien en cierto modo, parece salir unicamente para recordar a uno de los personajes más famosos de la serie, y que si bien no termina de ser necesario para esta trama, es aquí y en la propia serie uno de los villanos más inquietantes. El Joker de Bruce Timm, el guionista, y de Mark Hamill, quien se encargó de su doblaje, parece a ratos un payaso tirando a cómico y enloquecido, pero en el que se aprecia en todo momento algo peligroso, un carácter psicópata en el que se confirma que este no tiene que gustar a los fans, sino darles miedo.

Como película, La máscara del fantasma puede quedarse como algo anecdótico, al no formar parte de ninguna saga oficial sino ser una historia independiente. Pero es una muy buena, donde no solo se explota el éxito de Las aventuras de Batman sino se son capaces de ofrecer una película de dibujos para todos. Para los niños que empezaban a seguir al superhéroe y para los adultos que podían ver en el guión los detalles que a los espectadores más jóvenes de momento, aún se les escapaban.

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